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JAMES RHODES
LA MÚSiCA COMO SALVACiÓN

JAMES RHODES
LA MÚSiCA COMO SALVACiÓN

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   Pocas personas hay a estas alturas que no conozcan la historia del inusual pianista británico, James Rhodes, que primero acaparó portadas al romper con los encorsetados y ridículos cánones de la música clásica y defender a ultranza del derecho y deber de una educación musical, y luego revolucionó nuestro tranquilo e ideal mundo con su dura y explícita confesión de las violaciones, que no abusos -Rhodes no permite eufemismos-, que sufrió siendo un niño. Su libro Instrumental. Memorias de música, medicina y locura (2015) es un fenómeno literario y mediático, que no solo pone en el punto de mira la imperiosa necesidad de hablar sin tapujos de algo tan grave, sino que también nos remite a la música como salvación. El próximo Domingo 22 de enero de 2017, este genio atormentado -al igual que en su momento lo fueron sus admirados Bach o Schubert-, que se define como un imbécil vanidoso, egocéntrico, superficial, narcisista, manipulador, degenerado y autodestructivo, contará su terrible y reveladora experiencia a través de su piano.


   James Rhodes (retratado aquí) nació el 06 de marzo de 1975 al norte de Londres en el seno de una familia bien. Sin embargo, lo que debía haber sido una infancia normal, sin carencias al menos materiales, se convirtió en un infierno del que aún no ha conseguido salir, y según cuenta el propio Rhodes, nunca saldrá. Todo arrancó en el colegio, donde su profesor de boxeo alentó a un raquítico niño a ser mejor y comenzó el abuso de poder. Rhodes tenía solo 5 años y durante otro lustro aquel profesor, que falleció antes de ser juzgado, lo violó, le rompió la espalda con su brutalidad, lo anuló y hundió en lo más profundo, e hizo que aquel niño ocultara durante décadas algo incomprensible que le producía vergüenza e incluso culpa. Sumido en ese estado de aislamiento, aquel niño de 7 años encontró una casete que le cambió la vida. Fue casualidad, pero ahí dentro no había ni punk ni rock, sino la “La Chacona” de Bach, aún su pieza favorita y sin la que, el mismo Rhodes ha confesado, hoy estaría muerto.


   Fue su amarre a este mundo, un refugio en el nadie podía tocarle y su única ocupación. Desde entonces recibió clases de piano e incluso fue becado con 18 años en el Guildhall School of Music and Drama, estudios que tuvo que interrumpir por problemas mentales en 1993. Rhodes abandonó la escuela y pensó que, llevando una vida normal, tal vez él también conseguiría serlo. Rhodes dejó la música, se casó y durante 10 años trabajó en la City londinense, yendo cada día en metro como cualquier mortal, con los mismos agobios de hipotecas, tiempo y compromisos, hasta que llegó el nacimiento de su primer y único hijo, como el mismo lo definió: una bomba atómica de amor.


   Rhodes sentía alivio de poder sentir tanto a pesar de lo que había pasado. Además había vuelto a retomar en serio la música, e incluso tenía al agente perfecto, el italiano Franco Panozzo, que le llevó ante el gran profesor Edoardo Strabbioli de Verona, con el que en 5 años se convirtió en lo que es hoy. Pero su historia personal seguía allí, latiendo, oculta, removiéndose, y según su hijo se fue acercando a la edad a la que él había sufrido los abusos, Rhodes regresó a lo más profundo de su dolor, acabando con su matrimonio, perdiendo la custodia de un hijo al que pensaba no podía cuidar, y dando con sus huesos en el psiquiátrico. Rhodes pasó el 2006 anestesiado y sin música -prohibida en el centro-, hasta que un día, un amigo coló un ipod nano con el que pudo volver a escuchar sus queridas piezas clásicas, y a pesar de la anulación de las drogas, Rhodes logró ver un resquicio de luz.


   Recién salido del hospital, Rhodes tuvo un golpe de suerte. En 2008, en una cafetería, vivió un encuentro tan absurdo como casual en el que conoció al su aún hoy representante, Denis Blais, un tipo que más atraído por su desaliñado aspecto que otra cosa se puso a hablar con él y al llegar a la música clásica le confesó que solo conocía una pieza: “La Chacona” de Bach. Rhodes no podía creerlo. Era la pieza que le había salvado la vida, y emocionado se lo llevó a una cercana tienda de instrumentos donde la interpretó y... todo cambió.


   Blais le financió su primer disco, y así nació “Cuchillas de afeitar, pastillas pequeñas y pianos grandes” (2009), con un título y portada nada convencionales para tratarse de clásica. Ese mismo año, Rhodes habló por primera vez de las violaciones, que había sufrido de niño, en una entrevista que abrió la caja de Pandora y permitió, gracias a la confesión de una de sus antiguas profesoras, que aquel violador fuera arrestado. Rhodes, que empezaba a abrirse hueco en el mundo de la música clásica, decidió aprovechar los micrófonos para contar cada vez con más detalles su historia en artículos y programas de televisión.


   En 2010, llegó su segundo disco, “Ahora podrían por favor todos los freudianos echarse a un lado” y la firma de un contrato por 6 discos con Warner, convirtiéndose así en el primer intérprete de música clásica en lograrlo. Se estrenó con “James Rhodes: Cómo Beethoven se convirtió en mi droga” (2010) al que siguió “JiMMY: James Rhodes recorder live at The Old Market Brighton” (2012), el primer LP de clásica que tuvo que incluir la advertencia de contenido explícito, pues al ser un directo, incluía todos los comentarios con los que Rhodes presenta las piezas que va a tocar, la única manera que encuentra para que su público pueda conectar con su música. Y no es lo único que lo distingue.


    Quien vaya a uno de sus conciertos que no espere a un tipo vestido de frac estirado ante su piano, pues solo encontrará a un chico despeinado, vistiendo camisetas de estilo grunge, pero en las que se lee Chopin o Bach, zapatillas, gafas de pasta, tatuajes, eso sí, con el nombre del compositor y pianista ruso Serguéi Rajmáninov y un humor inglés como el que dejó ver en su reciente concierto en El Escorial, donde se disculpó en nombre de todos los ingleses por el Brexit. En sus recitales, no hay programas, se puede beber si la sala lo permite y los aplausos son bienvenidos en medio de su interpretación, algo impensable entre los clásicos que no entienden que este hombre haya tocado en el Sónar sin que el mundo se acabara.


   Después de 4 discos, cientos de recitales y series en televisión -como en Channel 4 donde conversó y tocó para pacientes con problemas mentales-, llegó un artículo sobre la creatividad para The Guardian, que después de leerlo, una editora le rogó que escribiera un libro para contar su vida. Rhodes tenía sólo 38 años y aceptó, arrancando una temprana autobiografía tan dura, difícil y honesta que duele, pero que lejos de ser su catarsis, llevó a cabo para ayudar a las miles de personas que han pasado por lo que él, y sobre todo como la más brutal carta de amor para su hijo, a quien dedica el libro, para que pudiera entender, cuando esté preparado, quién es su padre y por qué es como es.


   Su guía fue la rabia desde la que escribió para hablar de algo necesario, quitar tabúes y ponerle nombre a las cosas. Se desnudó ante el mundo y dio pistas de su inconfundible estilo, arrancando con esta rompedora frase: “La música clásica me la pone dura”. Le costó 30 años contar su historia. Una historia con terribles consecuencias, traumas, desórdenes mentales, autismo, anorexia, tics, estrés postraumático, adicción al alcohol, las drogas o al sexo, autolesiones con cuchillas de afeitar, curas de desintoxicación, incapacidad para amar, 5 intentos de suicidio, un internamiento forzoso en un psiquiátrico, un matrimonio roto... y cuando por fin Rhodes reunió el valor, tuvo que enfrentarse a su ex mujer.


   Más allá de intentar evitar la publicación del libro por el daño psicológico que podía causar al hijo de ambos, también quería que Rhodes callara y que no hablara de su pasado en ningún medio del mundo. Durante mucho tiempo el artista lo tuvo que cumplir por riesgo de ir a la cárcel, hasta que 14 meses y 2 millones de euros después, el Tribunal Supremo británico autorizó su publicación. Le apoyaron en la batalla famosos como los actores Benedict Cumberbatch o Stephen Fry, que de alguna manera, junto a Bach, Beethoven, Chopin, Mozart o Schubert, casi todos con vidas marcadas por abusos o trastornos psiquiátricos, consiguieron hacerse oír, pues como dice Rhodes en el arranque del libro: “Decirle a alguien “no puedo imaginar por lo que has pasado”, es faltarle al respeto. Hay que escuchar la historia y tratar de imaginar lo que es vivirla”.


   Hoy, superando con creces los 50.000 ejemplares vendidos en España y agotadas todas las ediciones, Rhodes incluye en su libro una carta de agradecimiento por la buena acogida del ejemplar en nuestro país, pero sobre todo por la respuesta al debate de temas que no debemos dejar pasar: “Las violaciones a niños, la enfermedad mental y el suicidio son temas tremendos, difíciles y aterradores que cuesta sacar a la luz… Nunca ha habido un momento más crucial para hablar abiertamente de estas cuestiones”. Su historia revela que hay cientos y miles de personas que lo han vivido en primera persona. Para ellos y mientras esa rabia, que le ha hecho famoso, no le arruine más la vida, Rhodes sigue escribiendo y tocando porque aún sin creer en los finales felices, sabe que por alguna extraña razón, llamémosla música, él todavía está aquí para contarlo.


                                             (De Lidia Martín, el 12 de diciembre de 2016)


Referencias útiles:
JAMES RHODES EN MADRiD


¿CUÁNDO? El Domingo 22 de enero de 2017, de 17h30 a 20h.


¿QUÉ? Concierto del carismático concertista de piano y autor del súper ventas “Instrumental”, James Rhodes.

¿DÓNDE? En Teatro Circo Price (en la ilustración)
Ronda de Atocha, 35
915 279 865
M Embajadores / Atocha

¿CUÁNTO?
- Platea: 40 euros;
- Butaca preferente filas 1 a 4: 35 euros;
- Butaca preferente filas 5 a 8: 30 euros;
- Butaca preferente filas 9 a 10: 25 euros;
- Butaca preferente frontal fila 11: 25 euros;
- Butaca preferente lateral fila 11: 15 euros.

Para seguir los pasos (re)creativos de JAMES RHODES, conéctate a su web, su Facebook y su Twitter.


[Volver a Mi Petit DiscotecaCallejero o Blogosfera]

   Pocas personas hay a estas alturas que no conozcan la historia del inusual pianista británico, James Rhodes, que primero acaparó portadas al romper con los encorsetados y ridículos cánones de la música clásica y defender a ultranza del derecho y deber de una educación musical, y luego revolucionó nuestro tranquilo e ideal mundo con su dura y explícita confesión de las violaciones, que no abusos -Rhodes no permite eufemismos-, que sufrió siendo un niño. Su libro Instrumental. Memorias de música, medicina y locura (2015) es un fenómeno literario y mediático, que no solo pone en el punto de mira la imperiosa necesidad de hablar sin tapujos de algo tan grave, sino que también nos remite a la música como salvación. El próximo Domingo 22 de enero de 2017, este genio atormentado -al igual que en su momento lo fueron sus admirados Bach o Schubert-, que se define como un imbécil vanidoso, egocéntrico, superficial, narcisista, manipulador, degenerado y autodestructivo, contará su terrible y reveladora experiencia a través de su piano.


   James Rhodes (retratado aquí) nació el 06 de marzo de 1975 al norte de Londres en el seno de una familia bien. Sin embargo, lo que debía haber sido una infancia normal, sin carencias al menos materiales, se convirtió en un infierno del que aún no ha conseguido salir, y según cuenta el propio Rhodes, nunca saldrá. Todo arrancó en el colegio, donde su profesor de boxeo alentó a un raquítico niño a ser mejor y comenzó el abuso de poder. Rhodes tenía solo 5 años y durante otro lustro aquel profesor, que falleció antes de ser juzgado, lo violó, le rompió la espalda con su brutalidad, lo anuló y hundió en lo más profundo, e hizo que aquel niño ocultara durante décadas algo incomprensible que le producía vergüenza e incluso culpa. Sumido en ese estado de aislamiento, aquel niño de 7 años encontró una casete que le cambió la vida. Fue casualidad, pero ahí dentro no había ni punk ni rock, sino la “La Chacona” de Bach, aún su pieza favorita y sin la que, el mismo Rhodes ha confesado, hoy estaría muerto.


   Fue su amarre a este mundo, un refugio en el nadie podía tocarle y su única ocupación. Desde entonces recibió clases de piano e incluso fue becado con 18 años en el Guildhall School of Music and Drama, estudios que tuvo que interrumpir por problemas mentales en 1993. Rhodes abandonó la escuela y pensó que, llevando una vida normal, tal vez él también conseguiría serlo. Rhodes dejó la música, se casó y durante 10 años trabajó en la City londinense, yendo cada día en metro como cualquier mortal, con los mismos agobios de hipotecas, tiempo y compromisos, hasta que llegó el nacimiento de su primer y único hijo, como el mismo lo definió: una bomba atómica de amor.


   Rhodes sentía alivio de poder sentir tanto a pesar de lo que había pasado. Además había vuelto a retomar en serio la música, e incluso tenía al agente perfecto, el italiano Franco Panozzo, que le llevó ante el gran profesor Edoardo Strabbioli de Verona, con el que en 5 años se convirtió en lo que es hoy. Pero su historia personal seguía allí, latiendo, oculta, removiéndose, y según su hijo se fue acercando a la edad a la que él había sufrido los abusos, Rhodes regresó a lo más profundo de su dolor, acabando con su matrimonio, perdiendo la custodia de un hijo al que pensaba no podía cuidar, y dando con sus huesos en el psiquiátrico. Rhodes pasó el 2006 anestesiado y sin música -prohibida en el centro-, hasta que un día, un amigo coló un ipod nano con el que pudo volver a escuchar sus queridas piezas clásicas, y a pesar de la anulación de las drogas, Rhodes logró ver un resquicio de luz.


   Recién salido del hospital, Rhodes tuvo un golpe de suerte. En 2008, en una cafetería, vivió un encuentro tan absurdo como casual en el que conoció al su aún hoy representante, Denis Blais, un tipo que más atraído por su desaliñado aspecto que otra cosa se puso a hablar con él y al llegar a la música clásica le confesó que solo conocía una pieza: “La Chacona” de Bach. Rhodes no podía creerlo. Era la pieza que le había salvado la vida, y emocionado se lo llevó a una cercana tienda de instrumentos donde la interpretó y... todo cambió.


   Blais le financió su primer disco, y así nació “Cuchillas de afeitar, pastillas pequeñas y pianos grandes” (2009), con un título y portada nada convencionales para tratarse de clásica. Ese mismo año, Rhodes habló por primera vez de las violaciones, que había sufrido de niño, en una entrevista que abrió la caja de Pandora y permitió, gracias a la confesión de una de sus antiguas profesoras, que aquel violador fuera arrestado. Rhodes, que empezaba a abrirse hueco en el mundo de la música clásica, decidió aprovechar los micrófonos para contar cada vez con más detalles su historia en artículos y programas de televisión.


   En 2010, llegó su segundo disco, “Ahora podrían por favor todos los freudianos echarse a un lado” y la firma de un contrato por 6 discos con Warner, convirtiéndose así en el primer intérprete de música clásica en lograrlo. Se estrenó con “James Rhodes: Cómo Beethoven se convirtió en mi droga” (2010) al que siguió “JiMMY: James Rhodes recorder live at The Old Market Brighton” (2012), el primer LP de clásica que tuvo que incluir la advertencia de contenido explícito, pues al ser un directo, incluía todos los comentarios con los que Rhodes presenta las piezas que va a tocar, la única manera que encuentra para que su público pueda conectar con su música. Y no es lo único que lo distingue.


    Quien vaya a uno de sus conciertos que no espere a un tipo vestido de frac estirado ante su piano, pues solo encontrará a un chico despeinado, vistiendo camisetas de estilo grunge, pero en las que se lee Chopin o Bach, zapatillas, gafas de pasta, tatuajes, eso sí, con el nombre del compositor y pianista ruso Serguéi Rajmáninov y un humor inglés como el que dejó ver en su reciente concierto en El Escorial, donde se disculpó en nombre de todos los ingleses por el Brexit. En sus recitales, no hay programas, se puede beber si la sala lo permite y los aplausos son bienvenidos en medio de su interpretación, algo impensable entre los clásicos que no entienden que este hombre haya tocado en el Sónar sin que el mundo se acabara.


   Después de 4 discos, cientos de recitales y series en televisión -como en Channel 4 donde conversó y tocó para pacientes con problemas mentales-, llegó un artículo sobre la creatividad para The Guardian, que después de leerlo, una editora le rogó que escribiera un libro para contar su vida. Rhodes tenía sólo 38 años y aceptó, arrancando una temprana autobiografía tan dura, difícil y honesta que duele, pero que lejos de ser su catarsis, llevó a cabo para ayudar a las miles de personas que han pasado por lo que él, y sobre todo como la más brutal carta de amor para su hijo, a quien dedica el libro, para que pudiera entender, cuando esté preparado, quién es su padre y por qué es como es.


   Su guía fue la rabia desde la que escribió para hablar de algo necesario, quitar tabúes y ponerle nombre a las cosas. Se desnudó ante el mundo y dio pistas de su inconfundible estilo, arrancando con esta rompedora frase: “La música clásica me la pone dura”. Le costó 30 años contar su historia. Una historia con terribles consecuencias, traumas, desórdenes mentales, autismo, anorexia, tics, estrés postraumático, adicción al alcohol, las drogas o al sexo, autolesiones con cuchillas de afeitar, curas de desintoxicación, incapacidad para amar, 5 intentos de suicidio, un internamiento forzoso en un psiquiátrico, un matrimonio roto... y cuando por fin Rhodes reunió el valor, tuvo que enfrentarse a su ex mujer.


   Más allá de intentar evitar la publicación del libro por el daño psicológico que podía causar al hijo de ambos, también quería que Rhodes callara y que no hablara de su pasado en ningún medio del mundo. Durante mucho tiempo el artista lo tuvo que cumplir por riesgo de ir a la cárcel, hasta que 14 meses y 2 millones de euros después, el Tribunal Supremo británico autorizó su publicación. Le apoyaron en la batalla famosos como los actores Benedict Cumberbatch o Stephen Fry, que de alguna manera, junto a Bach, Beethoven, Chopin, Mozart o Schubert, casi todos con vidas marcadas por abusos o trastornos psiquiátricos, consiguieron hacerse oír, pues como dice Rhodes en el arranque del libro: “Decirle a alguien “no puedo imaginar por lo que has pasado”, es faltarle al respeto. Hay que escuchar la historia y tratar de imaginar lo que es vivirla”.


   Hoy, superando con creces los 50.000 ejemplares vendidos en España y agotadas todas las ediciones, Rhodes incluye en su libro una carta de agradecimiento por la buena acogida del ejemplar en nuestro país, pero sobre todo por la respuesta al debate de temas que no debemos dejar pasar: “Las violaciones a niños, la enfermedad mental y el suicidio son temas tremendos, difíciles y aterradores que cuesta sacar a la luz… Nunca ha habido un momento más crucial para hablar abiertamente de estas cuestiones”. Su historia revela que hay cientos y miles de personas que lo han vivido en primera persona. Para ellos y mientras esa rabia, que le ha hecho famoso, no le arruine más la vida, Rhodes sigue escribiendo y tocando porque aún sin creer en los finales felices, sabe que por alguna extraña razón, llamémosla música, él todavía está aquí para contarlo.


                                             (De Lidia Martín, el 12 de diciembre de 2016)


Referencias útiles:
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¿CUÁNDO? El Domingo 22 de enero de 2017, de 17h30 a 20h.


¿QUÉ? Concierto del carismático concertista de piano y autor del súper ventas “Instrumental”, James Rhodes.

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- Platea: 40 euros;
- Butaca preferente filas 1 a 4: 35 euros;
- Butaca preferente filas 5 a 8: 30 euros;
- Butaca preferente filas 9 a 10: 25 euros;
- Butaca preferente frontal fila 11: 25 euros;
- Butaca preferente lateral fila 11: 15 euros.

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