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Y EL HOMBRE LLEGÓ A LA LUNA

Y EL HOMBRE LLEGÓ A LA LUNA

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   En 1962, el 35º presidente de Estados Unidos, John Fitzgerald Kennedy, pronunció un discurso que cambiaría el curso de la Historia en la faz de la Tierra y... de la Luna. En plena Guerra Fría, prometió que el hombre pisaría la luna, y volvería sano y salvo. A partir de aquel momento, la National Aeronautics and Space Administration se puso manos a la obra con los programas espaciales Mercury y Gemini para poner en marcha el proyecto Apolo. Tras 6 vuelos no tripulados, en 1968, el Apolo VII llevó a bordo por vez primera a los humanos Walter Schirra, Don Eisele y Walter Cunningham, para probar el funcionamiento de la cápsula espacial y los sistemas de comunicación, y en 1969, con un presupuesto de 3.000 millones de dólares, una nave del programa Apolo XI partió de la tierra un 16 de julio para alcanzar 4 días después, hace hoy 46 años, la superficie de nuestro satélite natural cumpliendo así la palabra del presidente.


   El 20 de julio de 1969, el astronauta y comandante de la misión, Neil A. Armstrong, de 38 años, se convirtió en el primer hombre en pisar la luna, pronunciando una frase ya mítica: “Un pequeño paso para el hombre, un gran salto para la humanidad”. Junto a él, el piloto Edwin E. Aldrin Jr., de 39 años, y Michael Collins, de 38, completaban la tripulación que regresó a nuestro planeta el 24 de julio, en un perfecto amerizaje en aguas del Océano Pacífico. Pero a pesar de sus esfuerzos, no fue Kennedy -asesinado en 1963-, el que lo disfrutó, sino Richard Nixon, cada vez más debilitado por las terribles consecuencias de la Guerra de Vietnam, el que se llevó los honores en un año en el que el grupo británico Led Zeppelin había publicado su primer disco, Bowie hizo lo propio con su oportuno sencillo “Space Oddity”, la Unión Soviética lanzó el Soyuz 5, John Lenon y Yoko Ono se casaron, y en España, Franco entró en cólera porque la noticia lunática eclipsó el nombramiento, el 23 de julio, del príncipe Juan Carlos como su sucesor.


   Para impulsar el Apolo XI desde el Cabo Kennedy de Florida, los científicos crearon el propulsor Saturno V, el cohete de combustible líquido más potente hasta el momento, tan alto como un edificio de 36 pisos, de 3 millones de kilos de peso y una potencia tal, que si hubiera habido una explosión, los fragmentos habrían alcanzado los 45 kilómetros, por lo que la marabunta de turistas y testigos -según cuentan, más de 1 millón de automóviles-, tuvieron que respetar esa distancia mínima de seguridad. Como un brutal espectáculo de ciencia ficción, el Saturno lanzó la nave Apolo a 160 metros de altura dejándola en la órbita de la tierra para arrancar un complicado, medido y espectacular viaje de casi 400.000 kilómetros y velocidades que alcanzaron los 40.000 kilómetros por hora. Después de abandonar la órbita terrestre y entrar en la lunar, Armstrong y Aldrin ocuparon el módulo lunar, que el comandante había bautizado como Eagle (Águila) por el escudo de Estados Unidos, en el que, una vez desprendidos del Apolo, descendieron al satélite, mientras su compañero Collins permaneció en el módulo orbital o de mando, llamado Columbia, en honor al descubridor Cristóbal Colón.


   El lugar elegido para alunizar, bautizado Mar de Tranquilidad por su supuesta llanura, resultó ser demasiado rocoso, y Armstrong se vio obligado a buscar un nuevo destino, esquivando en el último momento un gigantesco cráter con solo 30 segundos de combustible. Su destreza y la débil gravedad de la Luna hicieron que la caída fuera tan suave que aquel módulo de aterrizaje, que más parecía de una película de serie B que de una prestigiosa carrera espacial, permaneciera intacto. Seis horas y media después, Armstrong activó la cámara de su traje, rematado por ancianas costureras -las únicas que pudieron garantizar que la cubierta interna que mantenía la presión similar a la terrestre quedara perfecta- para retransmitir al mundo un momento único, inolvidable, y desde entonces, también cuestionado. Lo logró por poco, porque entre todas las vicisitudes y dificultades de un viaje de esa envergadura, los tripulantes, a falta de combustible, se vieron obligados a arrojar todo el material que no fuese imprescindible, y en aquel lote, incluyeron toda la parafernalia televisiva. Cuando su intención llegó a oídos de la Casa Blanca, el gobierno dio el alto inmediato poniendo al mismo nivel el testimonio de su hazaña, con los utensilios de supervivencia o toma de datos.


   Gracias a aquella orden, entre 600 y 1.000 millones de personas vieron en directo la llegada del hombre a la Luna. En España, eran cerca de las 4 de la madrugada cuando el periodista Jesús Hermida narró emocionado aquel momento irrepetible en el que tuvieron que ver, y mucho, las instalaciones del Complejo de Comunicaciones del Espacio Profundo, situadas en Madrid, concretamente en la base española de Fresnedillas de la Oliva (luego trasladada a Robledo de Chavela), que sirvieron de apoyo indispensable durante todo el viaje, y que, de hecho, fueron las primeras en contactar con la nave en el momento del descenso al escuchar el mensaje: “Fresnedillas, aquí Base de la Tranquilidad, el Águila ha alunizado".


   A las impresiones de Armstrong y Aldrin, le siguieron las fotografías de un paisaje hasta entonces desconocido, la dificultad para clavar en el suelo selenita la bandera americana, y los presentes, que cual reyes magos dejaron en aquel lejano satélite: un sello de 10 centavos, un disco de silicio con los mensajes de paz de 73 países del mundo, las medallas de los cosmonautas soviéticos, Yuri Gagarin -el primer humano en viajar al espacio- y Vladímir Komarov -el primero en fallecer en misión espacial-, y las insignias en recuerdo de Virgil Grissom, Edward White y Roger Chaffee, fallecidos en el incendio del Apolo I.


   Tras 2 horas sobre la luna, con los deberes hechos y la llamada telefónica de felicitación de Nixon, desde el Despacho Oval, los astronautas se prepararon para el regreso. Después de 30 órbitas al satélite, la pérdida esporádica de comunicación y la entrada de la nave como un meteoro sobre la atmósfera terrestre con temperaturas de hasta 3000ºC, Houston estableció contacto, y les comunicó su nueva zona de amerizaje, cambiada por una amenaza de temporal, que les llevó a unos 1.500 km al sudoeste de Hawái, 8 días después del arranque de esa impresionante aventura.


   A pesar de los 382 kilos de rocas lunares que trajeron como souvenirs, de la multitud de imágenes y datos recopilados, y de que, en el año 2000, la sonda espacial Lunar Reconnaissance Orbiter mostró los restos de los módulos lunares en el mismo sitio donde fueron abandonados, hay muchos que aún hoy siguen creyendo a pies juntillas que todo fue un montaje de la NASA, fraguado en unos estudios de televisión. Sus detractores cuestionan desde las ondas de la bandera en una superficie sin apenas gravedad, a la perfección de las fotografías, pasando por la ausencia de estrellas en las imágenes, y los supuestos peligros de una exposición, a ese nivel, de radiación solar. Sólo 3 hombres sabrán realmente todo lo que pasó allá arriba, y en especial lo que sintieron cuando Armstrong levantó su pulgar y con el gesto propio de un pintor, enfocando hacia la Tierra, ocultó el planeta que era su hogar.  


PD (nº1) turística: La empresa de turismo espacial Space Adventures ya tiene 2 reservas para viajar alrededor de la Luna en el 2017, en la nave espacial rusa Soyuz, por el módico precio de 110 millones de euros.


PD (nº2) lunar: Pero para revivir la misión Apolo XI, no hace falta pagar un dineral. A escasos 60 km de Madrid, se encuentra el Museo Lunar de Fresnedillas de la Oliva, inaugurado en 2010 como recuerdo de la participación de la localidad en aquel viaje mítico, donde podrás ver desde la primera huella humana en tierra lunar, a trajes y maquetas de cápsulas espaciales de entonces y ahora, pasando por objetos que usó el mismísimo Neil Armstrong en su aventura.


PD (nº3) legendaria: Durante años, circuló el rumor de que las primeras palabras de Armstrong fueron: “Buena suerte, señor Gorsky”, en referencia a un supuesto vecino del piloto a la que su mujer amenazó diciendo: “¿Sexo oral? ¡Cuando el hijo de tu vecino vaya a la luna!”.


PD (nº4) cinematográfica: En 1968, durante el rodaje de la película “2001: una odisea del espacio”, su director Stanley Kubrick, viendo el panorama, quiso contratar un seguro para cubrir pérdidas en caso de un inminente contacto con los extraterrestre. ¡Ninguna aseguradora aceptó!


                                                (De Lidia Martín, el 20 de julio de 2015)


Referencias útiles:
MUSEO LUNAR

Calle de Colmenar del Arroyo, 9
28214 Fresnedillas  de la Oliva
918 989 009
PD
: ¿Cómo llegar?


Horario:
- De Lunes a Viernes: con cita previa;
- Los Sábados y Domingos: de 10h a 14h.


Precio:
- Entrada general: 3 euros;
- Entrada infantil (de 5 a 14 años): 2 euros;
- Entrada grupos (mínimo 10 personas): 1,50 euro por persona;


Para seguir los pasos espaciales del MUSEO LUNAR, conéctate a su web, su Facebook y su Twitter.


[Volver a Mi Petit Pinacoteca, Callejero o Blogosfera]

   En 1962, el 35º presidente de Estados Unidos, John Fitzgerald Kennedy, pronunció un discurso que cambiaría el curso de la Historia en la faz de la Tierra y... de la Luna. En plena Guerra Fría, prometió que el hombre pisaría la luna, y volvería sano y salvo. A partir de aquel momento, la National Aeronautics and Space Administration se puso manos a la obra con los programas espaciales Mercury y Gemini para poner en marcha el proyecto Apolo. Tras 6 vuelos no tripulados, en 1968, el Apolo VII llevó a bordo por vez primera a los humanos Walter Schirra, Don Eisele y Walter Cunningham, para probar el funcionamiento de la cápsula espacial y los sistemas de comunicación, y en 1969, con un presupuesto de 3.000 millones de dólares, una nave del programa Apolo XI partió de la tierra un 16 de julio para alcanzar 4 días después, hace hoy 46 años, la superficie de nuestro satélite natural cumpliendo así la palabra del presidente.


   El 20 de julio de 1969, el astronauta y comandante de la misión, Neil A. Armstrong, de 38 años, se convirtió en el primer hombre en pisar la luna, pronunciando una frase ya mítica: “Un pequeño paso para el hombre, un gran salto para la humanidad”. Junto a él, el piloto Edwin E. Aldrin Jr., de 39 años, y Michael Collins, de 38, completaban la tripulación que regresó a nuestro planeta el 24 de julio, en un perfecto amerizaje en aguas del Océano Pacífico. Pero a pesar de sus esfuerzos, no fue Kennedy -asesinado en 1963-, el que lo disfrutó, sino Richard Nixon, cada vez más debilitado por las terribles consecuencias de la Guerra de Vietnam, el que se llevó los honores en un año en el que el grupo británico Led Zeppelin había publicado su primer disco, Bowie hizo lo propio con su oportuno sencillo “Space Oddity”, la Unión Soviética lanzó el Soyuz 5, John Lenon y Yoko Ono se casaron, y en España, Franco entró en cólera porque la noticia lunática eclipsó el nombramiento, el 23 de julio, del príncipe Juan Carlos como su sucesor.


   Para impulsar el Apolo XI desde el Cabo Kennedy de Florida, los científicos crearon el propulsor Saturno V, el cohete de combustible líquido más potente hasta el momento, tan alto como un edificio de 36 pisos, de 3 millones de kilos de peso y una potencia tal, que si hubiera habido una explosión, los fragmentos habrían alcanzado los 45 kilómetros, por lo que la marabunta de turistas y testigos -según cuentan, más de 1 millón de automóviles-, tuvieron que respetar esa distancia mínima de seguridad. Como un brutal espectáculo de ciencia ficción, el Saturno lanzó la nave Apolo a 160 metros de altura dejándola en la órbita de la tierra para arrancar un complicado, medido y espectacular viaje de casi 400.000 kilómetros y velocidades que alcanzaron los 40.000 kilómetros por hora. Después de abandonar la órbita terrestre y entrar en la lunar, Armstrong y Aldrin ocuparon el módulo lunar, que el comandante había bautizado como Eagle (Águila) por el escudo de Estados Unidos, en el que, una vez desprendidos del Apolo, descendieron al satélite, mientras su compañero Collins permaneció en el módulo orbital o de mando, llamado Columbia, en honor al descubridor Cristóbal Colón.


   El lugar elegido para alunizar, bautizado Mar de Tranquilidad por su supuesta llanura, resultó ser demasiado rocoso, y Armstrong se vio obligado a buscar un nuevo destino, esquivando en el último momento un gigantesco cráter con solo 30 segundos de combustible. Su destreza y la débil gravedad de la Luna hicieron que la caída fuera tan suave que aquel módulo de aterrizaje, que más parecía de una película de serie B que de una prestigiosa carrera espacial, permaneciera intacto. Seis horas y media después, Armstrong activó la cámara de su traje, rematado por ancianas costureras -las únicas que pudieron garantizar que la cubierta interna que mantenía la presión similar a la terrestre quedara perfecta- para retransmitir al mundo un momento único, inolvidable, y desde entonces, también cuestionado. Lo logró por poco, porque entre todas las vicisitudes y dificultades de un viaje de esa envergadura, los tripulantes, a falta de combustible, se vieron obligados a arrojar todo el material que no fuese imprescindible, y en aquel lote, incluyeron toda la parafernalia televisiva. Cuando su intención llegó a oídos de la Casa Blanca, el gobierno dio el alto inmediato poniendo al mismo nivel el testimonio de su hazaña, con los utensilios de supervivencia o toma de datos.


   Gracias a aquella orden, entre 600 y 1.000 millones de personas vieron en directo la llegada del hombre a la Luna. En España, eran cerca de las 4 de la madrugada cuando el periodista Jesús Hermida narró emocionado aquel momento irrepetible en el que tuvieron que ver, y mucho, las instalaciones del Complejo de Comunicaciones del Espacio Profundo, situadas en Madrid, concretamente en la base española de Fresnedillas de la Oliva (luego trasladada a Robledo de Chavela), que sirvieron de apoyo indispensable durante todo el viaje, y que, de hecho, fueron las primeras en contactar con la nave en el momento del descenso al escuchar el mensaje: “Fresnedillas, aquí Base de la Tranquilidad, el Águila ha alunizado".


   A las impresiones de Armstrong y Aldrin, le siguieron las fotografías de un paisaje hasta entonces desconocido, la dificultad para clavar en el suelo selenita la bandera americana, y los presentes, que cual reyes magos dejaron en aquel lejano satélite: un sello de 10 centavos, un disco de silicio con los mensajes de paz de 73 países del mundo, las medallas de los cosmonautas soviéticos, Yuri Gagarin -el primer humano en viajar al espacio- y Vladímir Komarov -el primero en fallecer en misión espacial-, y las insignias en recuerdo de Virgil Grissom, Edward White y Roger Chaffee, fallecidos en el incendio del Apolo I.


   Tras 2 horas sobre la luna, con los deberes hechos y la llamada telefónica de felicitación de Nixon, desde el Despacho Oval, los astronautas se prepararon para el regreso. Después de 30 órbitas al satélite, la pérdida esporádica de comunicación y la entrada de la nave como un meteoro sobre la atmósfera terrestre con temperaturas de hasta 3000ºC, Houston estableció contacto, y les comunicó su nueva zona de amerizaje, cambiada por una amenaza de temporal, que les llevó a unos 1.500 km al sudoeste de Hawái, 8 días después del arranque de esa impresionante aventura.


   A pesar de los 382 kilos de rocas lunares que trajeron como souvenirs, de la multitud de imágenes y datos recopilados, y de que, en el año 2000, la sonda espacial Lunar Reconnaissance Orbiter mostró los restos de los módulos lunares en el mismo sitio donde fueron abandonados, hay muchos que aún hoy siguen creyendo a pies juntillas que todo fue un montaje de la NASA, fraguado en unos estudios de televisión. Sus detractores cuestionan desde las ondas de la bandera en una superficie sin apenas gravedad, a la perfección de las fotografías, pasando por la ausencia de estrellas en las imágenes, y los supuestos peligros de una exposición, a ese nivel, de radiación solar. Sólo 3 hombres sabrán realmente todo lo que pasó allá arriba, y en especial lo que sintieron cuando Armstrong levantó su pulgar y con el gesto propio de un pintor, enfocando hacia la Tierra, ocultó el planeta que era su hogar.  


PD (nº1) turística: La empresa de turismo espacial Space Adventures ya tiene 2 reservas para viajar alrededor de la Luna en el 2017, en la nave espacial rusa Soyuz, por el módico precio de 110 millones de euros.


PD (nº2) lunar: Pero para revivir la misión Apolo XI, no hace falta pagar un dineral. A escasos 60 km de Madrid, se encuentra el Museo Lunar de Fresnedillas de la Oliva, inaugurado en 2010 como recuerdo de la participación de la localidad en aquel viaje mítico, donde podrás ver desde la primera huella humana en tierra lunar, a trajes y maquetas de cápsulas espaciales de entonces y ahora, pasando por objetos que usó el mismísimo Neil Armstrong en su aventura.


PD (nº3) legendaria: Durante años, circuló el rumor de que las primeras palabras de Armstrong fueron: “Buena suerte, señor Gorsky”, en referencia a un supuesto vecino del piloto a la que su mujer amenazó diciendo: “¿Sexo oral? ¡Cuando el hijo de tu vecino vaya a la luna!”.


PD (nº4) cinematográfica: En 1968, durante el rodaje de la película “2001: una odisea del espacio”, su director Stanley Kubrick, viendo el panorama, quiso contratar un seguro para cubrir pérdidas en caso de un inminente contacto con los extraterrestre. ¡Ninguna aseguradora aceptó!


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