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(Mi PETiT) HOMENAJE A...
WOLFGANG AMADEUS MOZART

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WOLFGANG AMADEUS MOZART

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   Una de las mejores escenas de la película “Amadeus” (1984), de Milos Forman, es la que describe el supuesto primer encuentro entre Salieri y el emperador José II con Mozart. En ella, el compositor de la corte y narrador de la película -maravillosamente interpretado por F. Murray Abraham- concentra herméticamente sus nervios ante el encuentro con el joven genio del que tanto ha oído hablar. Para ambientar el momento y ganar puntos con su regio jefe, le muestra al emperador una “pequeña sonata” que ha compuesto en honor al compositor vienés, ganándose así la admiración del mediocre soberano, quien la ejecuta torpemente mientras el pizpireto y atolondrado Mozart hace su insólita aparición. Después de una serie de vergonzosos despistes y una tensa conversación sobre el lenguaje idóneo para el amor en la ópera, José II le da las partituras de Salieri a Wolfang quien, sin un ápice de orgullo, le contesta que no necesita las notas, pues las tiene en su cabeza, pese a la torpe interpretación del emperador.


   Todos los cortesanos murmullan sobre la imposibilidad de tal hazaña, y el italiano levanta una ceja altivo, pero con el terror del hermano desplazado o de quien sabe que tiene ante si un verdadero genio pero no desea que el resto de mentes zafias lo descubran también. Mozart no solo interpreta de manera sublime la obra sino que además, de forma natural y completamente encantadora, introduce evidentes mejoras que van surgiendo imparables a sus dedos y convierten aquella pequeña sonata en un auténtico delirio ante los que todos caen rendidos.


   Salieri arde por dentro con esos celos del inteligente frustrado que sabe que, aunque los demás vean a un gracioso con dotes, Mozart es mucho más que todos y que el mismo juntos; con ese odio de quien acaba de darse cuenta de que nunca podrá llegar a crear nada que se le iguale; y con esa admiración del que sabe que está ante el mayor genio de su siglo y una de las mentes más extraordinarias que ha dado la humanidad. Amadeus no es una película muy fiel a la realidad histórica, aunque sí supo describir al artista provocador y excéntrico que se batía en solitario contra la sociedad para imponer su universo. A partir de Mozart, la actitud del hombre enamorado de la libertad se iba a convertir en la actitud de todos los músicos y compositores que le siguieron, incluso de los músicos y compositores del siglo XX y XXI.


   Wolfang Amadeus Mozart nació en Salzburgo un frío 27 de enero de 1756, en el seno de una familia de músicos quienes observaron rápidamente las increíbles dotes musicales del niño siendo casi un bebé. Entonces, Leopold, su padre, profesor y violinista de la corte del príncipe arzobispo de Salzsburgo, se dedicó a desarrollar las habilidades del pequeño y a exhibirlas, junto a las de su también prodigiosa hermana Anna María (o Nannerl como la llamaban cariñosamente) para conseguir una fuente de ingreso familiar y un futuro para sus vástagos. A los 6 años, el pequeño Wolfang Amadeus ya era conocido en las cortes europeas no solo por su dominio del violín y el clavicordio, sino también por su carácter pizpireto y burlón. No es difícil imaginar la diversión que suponía para los apoltronados cortesanos, aquel aire fresco y prodigioso de pequeña estatura. Leopold, empleado en cuerpo y alma a la educación de sus dos hijos, les sometió a una estricta educación y a un sinfín de viajes por toda Europa que consolidó la imagen de jóvenes concertistas.


   La primera de sus giras tuvo lugar entre 1762 y 1766, años en los que compuso su primera sinfonía -Sinfonía nº1 en mi bemol mayor- y su primer oratorio -“Die Schuldigkeit des ersten Gebotes”-. Tenía ocho y nueve años, respectivamente. Aquellos viajes, aunque duros y cansados,  permitieron al joven compositor conocer a Johann Christian Bach -hijo de Johann Sebastian Bach- a quien visitó varias veces en Londres y que sin duda fue una de las mayores influencias para él. El pequeño niño prodigio se consolidó entonces como un fenómeno. La insistente búsqueda de reconocimiento llevó a los Mozart, padre e hijo, a Italia, cuna de la música, y sobre todo, de la ópera.


   Entre 1769 y  1771, iban y volvían a Italia, donde Mozart fue aceptado como miembro de la Academia Filarmónica de Bolonia, algo insólito, pues la edad mínima para pertenecer a esta academia eran veinte años. En Roma, el Papa Clemente XIV, admirado ante el talento del joven compositor ya casi adolescente, lo nombró Caballero de la Orden de la Espuela de Oro, y en Milán, escribió la ópera “Mitrídades, Rey de Ponto”, que gustó tanto que le encargaron dos óperas más. Pero, pese al evidente reconocimiento, Leopold no consiguió un trabajo fijo para su hijo, que regresó a su Salzsburgo natal con 17 años.


   Mozart no estaba feliz en su ciudad natal donde el nuevo príncipe arzobispo, el conde de Colloredo quien, pese a introducir reformas en las que renegaba del feudalismo más rancio, nunca demostró simpatías hacia el joven artista. Entre sus reformas, introdujo la eliminación de los siervos y criados, a quienes concedió el puesto de funcionarios, equiparando así el trabajo de compositor al de ayuda de cámara, algo que al orgulloso y jovencísimo compositor le enfurecía. Pese a todo, Mozart era hijo predilecto de la ciudad. Todos le admiraban, y tenía muchos amigos, por lo que pudo dedicarse a desarrollar prácticamente todos los géneros musicales. Entre sus obras fundamentales de aquella época, se encuentra el Concierto para Piano nº9 en mi bemol mayor -o concierto “Jeunehomme”-, considerado por los críticos un punto de inflexión en su obra.


   Los viajes para buscar un puesto mejor por Europa siguieron su curso. Al pasar por Manheim, para conocer a los miembros de la famosa orquesta de la ciudad alemana, conoció a Aloysia Weber, una joven que estaba preparándose para ser cantante de quien Mozart se enamoró locamente. Pero, ante la poca perspectiva de futuro en Manheim, el joven viajó a París junto a su madre -mientras su padre, temeroso de perder su empleo en la corte del príncipe arzobispo, se quedaba en Salzburgo. En la ciudad de las Luces, las cosas no fueron como esperaban. Mozart, consciente de sus capacidades, esperaba encontrar una acogida que nunca se produjo. Entre los nobles parisinos no encontró admiración sino frialdad y distanciamiento. “Los amigos mejores y más fiables son los pobres” escribiría a su padre, mientras la pobreza y la frustración invadían las calles del París prerrevolucionario. El momento más penoso de su estancia parisina llegó con la repentina muerte de su madre. Con el corazón roto, decidió que ya era hora de regresar a casa. De camino, pasó por Manheim en busca de Aloysia, su amor platónico, que en su ausencia, se había convertido en una cantante famosa y le despreció sin miramientos ya que, para la joven, era un músico sin futuro.


   Su vuelta a Salzburgo tampoco hizo que su vida mejorara. Después de que el príncipe arzobispo le ofreciera un empleo, que aceptó de mala gana, la relación entre patrón y genio fue conflictiva y violenta. Mozart no soportaba  la actitud despótica de Colloredo, y mucho menos, que le tratase como a un criado. El carácter indómito y orgulloso de Mozart, unido a la sensación de ahogo en una ciudad que no le aportaba nada, hizo el resto. En un acto insólito para la época, se despidió de su empleo y de su padre, y se marchó a la ciudad donde siempre había querido vivir: Viena.  Acababa de cumplir 20 años, y por fin, era libre.


   En la capital austriaca, la vida cultural era frenética. Allí se promocionó como concertista y profesor, y sorprendentemente se enamoró de la hermana pequeña de Aloysia, Constance, una joven de 14 años, tan alocada como él y con las mismas ganas de sacar el máximo partido a la vida. La joven Constance, aunque también había recibido educación musical, nunca llegó a apreciar el genio creador de Wolfang, pero su amor era joven, sensual y no parecía detenerse ante nada, y se casaron en agosto de 1782 sin el consentimiento de su padre. En esos primeros años vieneses, la vida sonreía a la joven pareja. Mozart era un famoso concertista en la corte del emperador José II, a quien presentó su ópera “El rapto en el serrallo”, la primera ópera del género singspiel, u ópera alemana, que venía a afirmar que las óperas también se podían cantar en alemán. La representación fue un éxito, quizá el mayor éxito que tuvo durante toda su vida. Todo parecía ir viento en popa. En esa época, también compuso, por iniciativa propia, la Gran Misa nº7 en do menor, claramente influenciada por Haendel y Bach.


   En Viena también tuvo ocasión de conocer a Joseph Haydn (1732-1809), con quien interpretaba cuartetos de cuerdas y a quien admiraba profundamente. Mozart compuso entonces 6 cuartetos de cuerda para Haydn, en respuesta a la obra del compositor austriaco “Cuartetos de cuerda rusos”. Cuentan que, cuando Haydn los escuchó, permaneció de pie y le dijo al padre de Mozart: “Le digo a usted ante Dios y como un hombre honesto que su hijo es el mayor compositor conocido por mí en persona y por reputación. Tiene gusto y, además, la mayor habilidad para la composición”.


   En esos primeros años, las ganancias que obtenía gracias a los múltiples conciertos que ofrecía le permitió a la pareja feliz llevar un tren de vida derrochón y despilfarrador. Como jóvenes que eran les gustaban organizar fiestas en su casa sin reparar en gastos. Quizá su juventud y ganas de vivir así como el exceso asociado a su personalidad, no les hizo ver la catástrofe económica que se les venía encima. También es verdad que ese ambiente de caos y despreocupación fue perfecto para dar rienda suelta a la exuberante producción de Mozart. Además de algunas de sus más famosas óperas, en los primeros años de la década de los ochenta, compuso conciertos para piano, tríos, cuartetos, quintetos... todas ellas obras magistrales pero que el público de la época no terminaba de entender...


   Mozart también se acercó a la francmasonería, motivado por las ideas que defendía sobre libertad, fraternidad y teorías cercanas a la Ilustración. La masonería desempeñó un papel importantísimo en su vida y obra. Compuso música masónica, y muchos de los caballeros de la orden se convirtieron en sus amigos, quienes en los momentos de mayores dificultades económicas le ayudaron, aunque el compositor fue reacio a pedir ayuda.


   En 1786, se presentaron “Las Bodas de Fígaro” en Viena y Praga, y un año después, “Don Giovanni”. Ambas óperas gustaron, pero inquietaron. La primera por su implícito contenido político que incita a la revolución de manera soterrada, y ambas por su complejidad musical, demasiado novedosa para la época. Pese a conseguir en 1787 un puesto estable como compositor de la corte, los problemas económicos y anímicos de Mozart empezaron a hacerse evidentes. Inexplicablemente, Viena, la ciudad que adoraba, le empezó a cerrar las puertas. Los nobles ya no se veían reflejados en sus obras. Los encargos comenzaron a escasear, y las deudas a aumentar.


   Además, Constance que no gozaba de una salud muy fuerte, caía enferma muy a menudo. Después de demasiados partos con niños que no salían adelante, la obligaron a internarse en un sanatorio, que Mozart tenía que pagar pese a sus inmensas deudas, que lejos de aplacarse, eran cada vez más mayores. La separación de su joven y enferma esposa sumó al compositor en una profunda tristeza, que se vio agravada por la sensación de injusto rechazo entre los círculos musicales. Pero la obra del genio no decayó ni se agrió, sino todo lo contrario. Su inspiración musical fue aún más fructífera. En efecto, las composiciones de esa época muestran a un Mozart tierno, ligero y casi risueño, aunque con evidentes toques melancólicos. Buenos ejemplos de esos momentos son las bellísimas y célebres “Pequeña música nocturna” y “Sinfonía de Júpiter”, en las que el maestro supo inventar un diálogo amoroso entre el piano y los instrumentos de viento, interrumpido de repente por una implacable tristeza, que podía extenderse por toda la orquesta.


   En 1790 se estrena “La Flauta Mágica”, una de las obras más bellas que ha regalado a la humanidad, un reflejo de su ideario francmasón y una maravilla optimista, que paradójicamente escribió en uno de sus momentos más tristes y dolorosos. En “La Flauta Mágica”, el Bien y el amor triunfan frente al Mal y su poderosa Reina de la Noche. Los vieneses cayeron rendidos, y aunque tarde, quisieron hacerle ver que apreciaban su genio. Desgraciadamente, Mozart no pudo asistir al triunfo popular de su obra, ya que justo después de su presentación, los síntomas de su prematura muerte comenzaron a aflorar.


   En cuanto a su última y misteriosa composición, el escalofriante “Réquiem” (1791), dicen que lo escribió para sí mismo al recibir la visita y el encargo de un misterioso personaje, “delgado y alto envuelto en una capa gris”. Mozart no pudo terminar de escribirlo. La noche del 04 de diciembre de 1791 dio sus últimas indicaciones sobre qué hacer una vez hubiera fallecido, y en la madrugada del 05 de diciembre de 1791, entró en coma, y el que había puesto como nadie su genio melódico para dirigirse a los hombres y no a Dios (como habían hecho sus predecesores) murió. Su libertad, tan duramente conquistada, le robó hasta el último aliento..


   En definitiva, la figura de Mozart es tremendamente interesante no solo por la grandeza de su obra -probablemente una de las más ricas, expresivas e influyentes en los artistas posteriores- sino también por su vida y personalidad. Mozart encarna a la perfección al artista maldito con una infancia robada, una juventud rebelde y libre, y una vejez inexistente. Adelantado a su tiempo, el vienés siempre se negó a complacer los gustos y formas de la nobleza y la burguesía, conducta que le llevó a vivir en la pobreza y a su prematura muerte, pero también a la creación de unos hitos musicales que sobreviven hoy en día y que le recordarán por siempre como el eterno hombre moderno.


   Escuchar cualquiera de las obras de Wolfang Amadeus Mozart nos hace recordar las palabras de Goethe (1749-1832), otro de los grandes pensadores de la época, acerca del compositor vienés: “¿Cómo, si no, podría manifestarse la Divinidad, a no ser por la evidencia de los milagros que se producen en algunos hombres, que no hacen sino asombrarnos y desconcertarnos?”.


PD (nº1) anecdótica: En su primer viaje a Versalles, siendo un niño de apenas 10 años, Mozart conoció a la malparada María Antonieta, quien entonces era una niña de su misma edad. Al verla corrió hacia ella, y le pidió matrimonio. En cuanto a Madame de Pompadour, la altiva amante de Luis XV no quiso besar al pequeño genio por miedo a que pudiera estropear su vestido.


PD (nº2) ¿inventada?: Se cuenta que en 1787 un joven Ludwig Van Beethoven pasó dos semanas en Viena para conocer a Mozart, con la esperanza de que el maestro le diese clases. Sobre aquel supuesto encuentro, se dicen 3 cosas: que Mozart escuchó a Beethoven y quedó encantado; que rechazó ser su profesor; y finalmente, que dicho encuentro nunca llegó a ocurrir. Pero ¡qué maravilla si se hubiese dado!


PD (nº3) cinematográfica: Aunque en la película “Amadeus” se habla de la enemistad entre Salieri y Mozart, lo cierto es que ambos compositores fueron amigos y compañeros, y que llegaron incluso a escribir una obra juntos, recientemente descubierta en Praga. Parece que el origen de la leyenda romántica de su enemistad se debe al propio Salieri quien, moribundo, afirmó entre su delirio haber envenenado a Mozart, hecho que no parece ser cierto.


                                                         (De María Glück, el 27 de enero de 2016)


Referencias útiles:
(Mi PETiT) HOMENAJE A MOZART en Madrid


(1)La Flauta Mágica”, el Miércoles 27, el Jueves 28, el Viernes 29 y el Sábado 30 de enero de 2016, a las 20h, en la Sala Principal del Teatro Real (Plaza de Isabel II, s/n; M Ópera / Sol): “Los rayos de sol cazan a la noche, desbaratando los poderes de los impostores”: así termina la ópera más misteriosa de Mozart, estrenada el 30 de septiembre de 1791en Viena, tan sólo unos meses antes de su muerte. El carácter dual de la obra, en la que Beethoven veía la cima que reunía todas las formas del canto, desde la fuga al lied –no en vano concilia la música culta con el singspiel, la comedia y el drama–, encierra un mensaje que resume todos los ideales de la IlustraciónKosky devuelve a La flauta mágica su carácter de espectáculo popular, divertido y al mismo tiempo estimulante. Precio: Entradas aquí.


(2) Réquiem de Mozart”, el Miércoles 16 de marzo de 2016, a las 19h30, en la Sala Sinfónica del Auditorio Nacional de Madrid (Calle del Príncipe de Vergara, 146; M Cruz del Rayo / Prosperidad): Para dar la bienvenida a la Semana Santa, el “Réquiem de Mozat” es una de las misas para difuntos más hermosas y conocida para todos, que se ha convertido en tradición para estas fechas. Precio: entre 18 y 34 euros aquí.


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   Una de las mejores escenas de la película “Amadeus” (1984), de Milos Forman, es la que describe el supuesto primer encuentro entre Salieri y el emperador José II con Mozart. En ella, el compositor de la corte y narrador de la película -maravillosamente interpretado por F. Murray Abraham- concentra herméticamente sus nervios ante el encuentro con el joven genio del que tanto ha oído hablar. Para ambientar el momento y ganar puntos con su regio jefe, le muestra al emperador una “pequeña sonata” que ha compuesto en honor al compositor vienés, ganándose así la admiración del mediocre soberano, quien la ejecuta torpemente mientras el pizpireto y atolondrado Mozart hace su insólita aparición. Después de una serie de vergonzosos despistes y una tensa conversación sobre el lenguaje idóneo para el amor en la ópera, José II le da las partituras de Salieri a Wolfang quien, sin un ápice de orgullo, le contesta que no necesita las notas, pues las tiene en su cabeza, pese a la torpe interpretación del emperador.


   Todos los cortesanos murmullan sobre la imposibilidad de tal hazaña, y el italiano levanta una ceja altivo, pero con el terror del hermano desplazado o de quien sabe que tiene ante si un verdadero genio pero no desea que el resto de mentes zafias lo descubran también. Mozart no solo interpreta de manera sublime la obra sino que además, de forma natural y completamente encantadora, introduce evidentes mejoras que van surgiendo imparables a sus dedos y convierten aquella pequeña sonata en un auténtico delirio ante los que todos caen rendidos.


   Salieri arde por dentro con esos celos del inteligente frustrado que sabe que, aunque los demás vean a un gracioso con dotes, Mozart es mucho más que todos y que el mismo juntos; con ese odio de quien acaba de darse cuenta de que nunca podrá llegar a crear nada que se le iguale; y con esa admiración del que sabe que está ante el mayor genio de su siglo y una de las mentes más extraordinarias que ha dado la humanidad. Amadeus no es una película muy fiel a la realidad histórica, aunque sí supo describir al artista provocador y excéntrico que se batía en solitario contra la sociedad para imponer su universo. A partir de Mozart, la actitud del hombre enamorado de la libertad se iba a convertir en la actitud de todos los músicos y compositores que le siguieron, incluso de los músicos y compositores del siglo XX y XXI.


   Wolfang Amadeus Mozart nació en Salzburgo un frío 27 de enero de 1756, en el seno de una familia de músicos quienes observaron rápidamente las increíbles dotes musicales del niño siendo casi un bebé. Entonces, Leopold, su padre, profesor y violinista de la corte del príncipe arzobispo de Salzsburgo, se dedicó a desarrollar las habilidades del pequeño y a exhibirlas, junto a las de su también prodigiosa hermana Anna María (o Nannerl como la llamaban cariñosamente) para conseguir una fuente de ingreso familiar y un futuro para sus vástagos. A los 6 años, el pequeño Wolfang Amadeus ya era conocido en las cortes europeas no solo por su dominio del violín y el clavicordio, sino también por su carácter pizpireto y burlón. No es difícil imaginar la diversión que suponía para los apoltronados cortesanos, aquel aire fresco y prodigioso de pequeña estatura. Leopold, empleado en cuerpo y alma a la educación de sus dos hijos, les sometió a una estricta educación y a un sinfín de viajes por toda Europa que consolidó la imagen de jóvenes concertistas.


   La primera de sus giras tuvo lugar entre 1762 y 1766, años en los que compuso su primera sinfonía -Sinfonía nº1 en mi bemol mayor- y su primer oratorio -“Die Schuldigkeit des ersten Gebotes”-. Tenía ocho y nueve años, respectivamente. Aquellos viajes, aunque duros y cansados,  permitieron al joven compositor conocer a Johann Christian Bach -hijo de Johann Sebastian Bach- a quien visitó varias veces en Londres y que sin duda fue una de las mayores influencias para él. El pequeño niño prodigio se consolidó entonces como un fenómeno. La insistente búsqueda de reconocimiento llevó a los Mozart, padre e hijo, a Italia, cuna de la música, y sobre todo, de la ópera.


   Entre 1769 y  1771, iban y volvían a Italia, donde Mozart fue aceptado como miembro de la Academia Filarmónica de Bolonia, algo insólito, pues la edad mínima para pertenecer a esta academia eran veinte años. En Roma, el Papa Clemente XIV, admirado ante el talento del joven compositor ya casi adolescente, lo nombró Caballero de la Orden de la Espuela de Oro, y en Milán, escribió la ópera “Mitrídades, Rey de Ponto”, que gustó tanto que le encargaron dos óperas más. Pero, pese al evidente reconocimiento, Leopold no consiguió un trabajo fijo para su hijo, que regresó a su Salzsburgo natal con 17 años.


   Mozart no estaba feliz en su ciudad natal donde el nuevo príncipe arzobispo, el conde de Colloredo quien, pese a introducir reformas en las que renegaba del feudalismo más rancio, nunca demostró simpatías hacia el joven artista. Entre sus reformas, introdujo la eliminación de los siervos y criados, a quienes concedió el puesto de funcionarios, equiparando así el trabajo de compositor al de ayuda de cámara, algo que al orgulloso y jovencísimo compositor le enfurecía. Pese a todo, Mozart era hijo predilecto de la ciudad. Todos le admiraban, y tenía muchos amigos, por lo que pudo dedicarse a desarrollar prácticamente todos los géneros musicales. Entre sus obras fundamentales de aquella época, se encuentra el Concierto para Piano nº9 en mi bemol mayor -o concierto “Jeunehomme”-, considerado por los críticos un punto de inflexión en su obra.


   Los viajes para buscar un puesto mejor por Europa siguieron su curso. Al pasar por Manheim, para conocer a los miembros de la famosa orquesta de la ciudad alemana, conoció a Aloysia Weber, una joven que estaba preparándose para ser cantante de quien Mozart se enamoró locamente. Pero, ante la poca perspectiva de futuro en Manheim, el joven viajó a París junto a su madre -mientras su padre, temeroso de perder su empleo en la corte del príncipe arzobispo, se quedaba en Salzburgo. En la ciudad de las Luces, las cosas no fueron como esperaban. Mozart, consciente de sus capacidades, esperaba encontrar una acogida que nunca se produjo. Entre los nobles parisinos no encontró admiración sino frialdad y distanciamiento. “Los amigos mejores y más fiables son los pobres” escribiría a su padre, mientras la pobreza y la frustración invadían las calles del París prerrevolucionario. El momento más penoso de su estancia parisina llegó con la repentina muerte de su madre. Con el corazón roto, decidió que ya era hora de regresar a casa. De camino, pasó por Manheim en busca de Aloysia, su amor platónico, que en su ausencia, se había convertido en una cantante famosa y le despreció sin miramientos ya que, para la joven, era un músico sin futuro.


   Su vuelta a Salzburgo tampoco hizo que su vida mejorara. Después de que el príncipe arzobispo le ofreciera un empleo, que aceptó de mala gana, la relación entre patrón y genio fue conflictiva y violenta. Mozart no soportaba  la actitud despótica de Colloredo, y mucho menos, que le tratase como a un criado. El carácter indómito y orgulloso de Mozart, unido a la sensación de ahogo en una ciudad que no le aportaba nada, hizo el resto. En un acto insólito para la época, se despidió de su empleo y de su padre, y se marchó a la ciudad donde siempre había querido vivir: Viena.  Acababa de cumplir 20 años, y por fin, era libre.


   En la capital austriaca, la vida cultural era frenética. Allí se promocionó como concertista y profesor, y sorprendentemente se enamoró de la hermana pequeña de Aloysia, Constance, una joven de 14 años, tan alocada como él y con las mismas ganas de sacar el máximo partido a la vida. La joven Constance, aunque también había recibido educación musical, nunca llegó a apreciar el genio creador de Wolfang, pero su amor era joven, sensual y no parecía detenerse ante nada, y se casaron en agosto de 1782 sin el consentimiento de su padre. En esos primeros años vieneses, la vida sonreía a la joven pareja. Mozart era un famoso concertista en la corte del emperador José II, a quien presentó su ópera “El rapto en el serrallo”, la primera ópera del género singspiel, u ópera alemana, que venía a afirmar que las óperas también se podían cantar en alemán. La representación fue un éxito, quizá el mayor éxito que tuvo durante toda su vida. Todo parecía ir viento en popa. En esa época, también compuso, por iniciativa propia, la Gran Misa nº7 en do menor, claramente influenciada por Haendel y Bach.


   En Viena también tuvo ocasión de conocer a Joseph Haydn (1732-1809), con quien interpretaba cuartetos de cuerdas y a quien admiraba profundamente. Mozart compuso entonces 6 cuartetos de cuerda para Haydn, en respuesta a la obra del compositor austriaco “Cuartetos de cuerda rusos”. Cuentan que, cuando Haydn los escuchó, permaneció de pie y le dijo al padre de Mozart: “Le digo a usted ante Dios y como un hombre honesto que su hijo es el mayor compositor conocido por mí en persona y por reputación. Tiene gusto y, además, la mayor habilidad para la composición”.


   En esos primeros años, las ganancias que obtenía gracias a los múltiples conciertos que ofrecía le permitió a la pareja feliz llevar un tren de vida derrochón y despilfarrador. Como jóvenes que eran les gustaban organizar fiestas en su casa sin reparar en gastos. Quizá su juventud y ganas de vivir así como el exceso asociado a su personalidad, no les hizo ver la catástrofe económica que se les venía encima. También es verdad que ese ambiente de caos y despreocupación fue perfecto para dar rienda suelta a la exuberante producción de Mozart. Además de algunas de sus más famosas óperas, en los primeros años de la década de los ochenta, compuso conciertos para piano, tríos, cuartetos, quintetos... todas ellas obras magistrales pero que el público de la época no terminaba de entender...


   Mozart también se acercó a la francmasonería, motivado por las ideas que defendía sobre libertad, fraternidad y teorías cercanas a la Ilustración. La masonería desempeñó un papel importantísimo en su vida y obra. Compuso música masónica, y muchos de los caballeros de la orden se convirtieron en sus amigos, quienes en los momentos de mayores dificultades económicas le ayudaron, aunque el compositor fue reacio a pedir ayuda.


   En 1786, se presentaron “Las Bodas de Fígaro” en Viena y Praga, y un año después, “Don Giovanni”. Ambas óperas gustaron, pero inquietaron. La primera por su implícito contenido político que incita a la revolución de manera soterrada, y ambas por su complejidad musical, demasiado novedosa para la época. Pese a conseguir en 1787 un puesto estable como compositor de la corte, los problemas económicos y anímicos de Mozart empezaron a hacerse evidentes. Inexplicablemente, Viena, la ciudad que adoraba, le empezó a cerrar las puertas. Los nobles ya no se veían reflejados en sus obras. Los encargos comenzaron a escasear, y las deudas a aumentar.


   Además, Constance que no gozaba de una salud muy fuerte, caía enferma muy a menudo. Después de demasiados partos con niños que no salían adelante, la obligaron a internarse en un sanatorio, que Mozart tenía que pagar pese a sus inmensas deudas, que lejos de aplacarse, eran cada vez más mayores. La separación de su joven y enferma esposa sumó al compositor en una profunda tristeza, que se vio agravada por la sensación de injusto rechazo entre los círculos musicales. Pero la obra del genio no decayó ni se agrió, sino todo lo contrario. Su inspiración musical fue aún más fructífera. En efecto, las composiciones de esa época muestran a un Mozart tierno, ligero y casi risueño, aunque con evidentes toques melancólicos. Buenos ejemplos de esos momentos son las bellísimas y célebres “Pequeña música nocturna” y “Sinfonía de Júpiter”, en las que el maestro supo inventar un diálogo amoroso entre el piano y los instrumentos de viento, interrumpido de repente por una implacable tristeza, que podía extenderse por toda la orquesta.


   En 1790 se estrena “La Flauta Mágica”, una de las obras más bellas que ha regalado a la humanidad, un reflejo de su ideario francmasón y una maravilla optimista, que paradójicamente escribió en uno de sus momentos más tristes y dolorosos. En “La Flauta Mágica”, el Bien y el amor triunfan frente al Mal y su poderosa Reina de la Noche. Los vieneses cayeron rendidos, y aunque tarde, quisieron hacerle ver que apreciaban su genio. Desgraciadamente, Mozart no pudo asistir al triunfo popular de su obra, ya que justo después de su presentación, los síntomas de su prematura muerte comenzaron a aflorar.


   En cuanto a su última y misteriosa composición, el escalofriante “Réquiem” (1791), dicen que lo escribió para sí mismo al recibir la visita y el encargo de un misterioso personaje, “delgado y alto envuelto en una capa gris”. Mozart no pudo terminar de escribirlo. La noche del 04 de diciembre de 1791 dio sus últimas indicaciones sobre qué hacer una vez hubiera fallecido, y en la madrugada del 05 de diciembre de 1791, entró en coma, y el que había puesto como nadie su genio melódico para dirigirse a los hombres y no a Dios (como habían hecho sus predecesores) murió. Su libertad, tan duramente conquistada, le robó hasta el último aliento..


   En definitiva, la figura de Mozart es tremendamente interesante no solo por la grandeza de su obra -probablemente una de las más ricas, expresivas e influyentes en los artistas posteriores- sino también por su vida y personalidad. Mozart encarna a la perfección al artista maldito con una infancia robada, una juventud rebelde y libre, y una vejez inexistente. Adelantado a su tiempo, el vienés siempre se negó a complacer los gustos y formas de la nobleza y la burguesía, conducta que le llevó a vivir en la pobreza y a su prematura muerte, pero también a la creación de unos hitos musicales que sobreviven hoy en día y que le recordarán por siempre como el eterno hombre moderno.


   Escuchar cualquiera de las obras de Wolfang Amadeus Mozart nos hace recordar las palabras de Goethe (1749-1832), otro de los grandes pensadores de la época, acerca del compositor vienés: “¿Cómo, si no, podría manifestarse la Divinidad, a no ser por la evidencia de los milagros que se producen en algunos hombres, que no hacen sino asombrarnos y desconcertarnos?”.


PD (nº1) anecdótica: En su primer viaje a Versalles, siendo un niño de apenas 10 años, Mozart conoció a la malparada María Antonieta, quien entonces era una niña de su misma edad. Al verla corrió hacia ella, y le pidió matrimonio. En cuanto a Madame de Pompadour, la altiva amante de Luis XV no quiso besar al pequeño genio por miedo a que pudiera estropear su vestido.


PD (nº2) ¿inventada?: Se cuenta que en 1787 un joven Ludwig Van Beethoven pasó dos semanas en Viena para conocer a Mozart, con la esperanza de que el maestro le diese clases. Sobre aquel supuesto encuentro, se dicen 3 cosas: que Mozart escuchó a Beethoven y quedó encantado; que rechazó ser su profesor; y finalmente, que dicho encuentro nunca llegó a ocurrir. Pero ¡qué maravilla si se hubiese dado!


PD (nº3) cinematográfica: Aunque en la película “Amadeus” se habla de la enemistad entre Salieri y Mozart, lo cierto es que ambos compositores fueron amigos y compañeros, y que llegaron incluso a escribir una obra juntos, recientemente descubierta en Praga. Parece que el origen de la leyenda romántica de su enemistad se debe al propio Salieri quien, moribundo, afirmó entre su delirio haber envenenado a Mozart, hecho que no parece ser cierto.


                                                         (De María Glück, el 27 de enero de 2016)


Referencias útiles:
(Mi PETiT) HOMENAJE A MOZART en Madrid


(1)La Flauta Mágica”, el Miércoles 27, el Jueves 28, el Viernes 29 y el Sábado 30 de enero de 2016, a las 20h, en la Sala Principal del Teatro Real (Plaza de Isabel II, s/n; M Ópera / Sol): “Los rayos de sol cazan a la noche, desbaratando los poderes de los impostores”: así termina la ópera más misteriosa de Mozart, estrenada el 30 de septiembre de 1791en Viena, tan sólo unos meses antes de su muerte. El carácter dual de la obra, en la que Beethoven veía la cima que reunía todas las formas del canto, desde la fuga al lied –no en vano concilia la música culta con el singspiel, la comedia y el drama–, encierra un mensaje que resume todos los ideales de la IlustraciónKosky devuelve a La flauta mágica su carácter de espectáculo popular, divertido y al mismo tiempo estimulante. Precio: Entradas aquí.


(2) Réquiem de Mozart”, el Miércoles 16 de marzo de 2016, a las 19h30, en la Sala Sinfónica del Auditorio Nacional de Madrid (Calle del Príncipe de Vergara, 146; M Cruz del Rayo / Prosperidad): Para dar la bienvenida a la Semana Santa, el “Réquiem de Mozat” es una de las misas para difuntos más hermosas y conocida para todos, que se ha convertido en tradición para estas fechas. Precio: entre 18 y 34 euros aquí.


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(06, 07 y 08 de julio de 2018)

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