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(Mi GRAN) HOMENAJE A… BOB DYLAN
EL PREMiO NOBEL FOLK

(Mi GRAN) HOMENAJE A… BOB DYLAN
EL PREMiO NOBEL FOLK

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   Su crítica social, su compromiso político, y su lucha a través de la palabra -sobre todo en unos años 60 poco acostumbrados a tanta libertad de expresión en las canciones-, le pusieron en el punto de mira, y le encumbraron en muy poco tiempo como ícono y fenómeno. El que ha sido y es una de las figuras más influyentes para varias generaciones, tanto del siglo XX como del XXI (y no solo por haber vendido más de 100 millones de discos en el mundo), sigue en activo, mientras críticos e historiadores estudian su obra en la Universidad, cientos de bandas le rinden tributo, surgen versiones de debajo de las piedras, y la eterna nominación al Nobel de Literatura por fin se ha hecho realidad hoy, Miércoles 13 de octubre de 2016. (Gran) Homenaje a Bob Dylan, que con sólo 24 años, en una noche de “vómito” espiritual de 1965, después de una agotadora gira, escribió la que para muchos es la mejor canción de todos los tiempos: “Like a Rolling Stone”.


   Nació como Robert Allen Zimmerman el 24 de mayo de 1941, en una familia judía de Minnesota, de padres descendientes de ucranianos y lituanos, huidos de la persecución antisemita. Creció escuchando la radio y soñando con los temas de Elvis y Little Richard, a los que imitó en cuanto pudo coger un instrumento. Con 18 años, se mudó a Minneapolis para ir a la Universidad, pero el folk se cruzó en su camino, y no duró ni 1 año en el campus. Aquel estilo musical era lo que Bobby andaba buscando, y el joven apartó un rock que consideraba superficial para nutrirse de aquel folk intimista y con contenido, sobre todo del que salía de las manos y voz de su gran ídolo, Woody Guthrie, el cantante de los pobres y oprimidos, ya por entonces en la etapa final de un trastorno neuropsiquiátrico del que murió pocos años después.


   Tal era su adoración que en 1961 cogió su petate, y se largó a Nueva York con el único propósito de conocerlo en persona. Fue imposible, pero el muchacho se quedó en la Gran Manzana y empezó a buscarse la vida tocando en varios clubes, sorprendiendo al público con su saber hacer y juventud, y poniéndose en boca de todos hasta acabar tocando la armónica para el disco de una joven cantautora llamada Carolyn Hester. Aquel fue un gran día, porque allí, junto a ella, estaba John H. Hammond, el crítico y productor musical que ya había echado el ojo entre otros a Billie Holliday o Teddy Wilson (y con el tiempo haría lo propio con Aretha Franklin, Leonard Cohen o Bruce Springsteen) y que aquella tarde no tuvo ojos para nadie más que Dylan.


   Fue entonces cuando Robert decidió cambiar su nombre. Según unos, por la supuesta influencia de una serie de tv y su personaje llamado Matt Dillon (nada que ver con el actor que hoy todos conocemos); según otros, aunque al principio el músico lo negó, por su admiración por la obra del poeta Dylan Thomas. Sea como fuere, en el nuevo mundo musical al que acababa de acceder, si alguien le preguntaba por el nombre, su respuesta rápida era Bob Dylan, y en 1962, con su nuevo apodo y un reluciente contrato con la discográfica Columbia Records de la mano de Hammond, publicó su primer trabajo, “Bob Dylan”, que apenas vendió 5.000 copias. La compañía, que claro está, sólo miraba los números, estaba ultimando ya su salida, cuando la espontánea defensa de uno de sus grandes fichajes, Johnny Cash, y el empeño de Hammond le salvaron.


   Al año siguiente, lanzó “The Freewheelin” (1963), un trabajo cargado de protesta social que incluía “Blowin’ in the wind”. En una época en que importaba mucho lo que se decía y cómo se decía, Dylan había escogido la poesía y el folk para transmitir su mensaje, y aquella letra marcó un antes y un después. Pero curiosamente su música llegó primero a una gran mayoría de púbico a través de otros intérpretes que le versionaban, entre ellos Joan Baez, que en su papel de mentora y ¿amante?, paseó a aquel joven inexperto por los principales escenarios del panorama musical, entre ellos en la mítica actuación de ese mismo año en la Marcha por los Derechos Civiles de Washington.


   Con su tercer álbum “The times are a-Changin’’ (1964), Dylan dio un paso más. De lo social saltó a lo político, tomando como inspiración hechos reales con los que cuestionó la maldad, desigualdad, crueldad y debilidad del ser humano. Aquel jovencito tenía las ideas muy claras, y llegó a dar plantón al equipo del programa de televisión The Ed Sullivan Show, cuando los jefazos de la cadena CBS quisieron censurarle uno de los temas que iba a interpretar. 


   Pero su verdadera revolución llegó en 1965, su gran año, cuando sacó su 5º disco, “Bringing it all back home”, en el que inesperadamente le puso los cuernos al folk para caer en las redes del rock. Lo hizo en directo con nada más y nada menos que una Fender Stratocaster, lo que despertó todo tipo de reacciones, e incluso la ira de algunos de sus seguidores más puristas. Una vez más, Dylan había cambiado las reglas del juego. El músico creía tanto en el poder de la palabra que a la hora de grabar el vídeo del single “Subterranean Homesick Blues” (1965) mantuvo un plano fijo en el que se le veía pasar tarjetones con frases de lo que iba cantando. Aquel sencillo gesto robó todo el protagonismo a la imagen para concedérselo a su querida letra, en un resultado visual tan versionado como sus canciones (sin ir más lejos la declaración más bonita de la película “Love Actually” sigue este formato).


   De 1965 también es “Like a Rolling Stone”, el single adelanto de su siguiente trabajo “Highway 61 Revisited”, y que a pesar de sus 6 minutos de duración se convirtió en su mayor éxito internacional hasta entonces, con 12 semanas en las listas estadounidenses  y cientos de artistas como Jimi Hendrix o The Rolling Stones, rindiéndose a sus pies con su propia versión. Sobre su letra y a quién podría aludir, hubo muchas elucubraciones. Desde Warhol, al que se dice, se cuenta, se rumorea, Dylan había cogido manía por su trato hacia la actriz y modelo Edie Sedwick con la que se le relacionó; hasta la mismísima Joan Baez, o también la cantante e intérprete Marianne Faithfull… A pesar de sonar los nombres de tantas mujeres en su vida, Bob volvió a sorprender al casarse en secreto, en noviembre del 65, con Sara Lownds, una ex modelo y actriz con la que tuvo 4 hijos, entre ellos Jakob, el único en seguir los pasos musicales de su padre.


   A estas alturas, convertido en icono generacional, cultural y social, un accidente de moto ocurrido en julio de 1966, paró en seco su ritmo frenético. En realidad, nunca se supo realmente la gravedad de las heridas, no hubo ingreso hospitalario, y hay quien asegura que todo fue mentira. Verdad o no, lo cierto es que Dylan aprovechó para escapar de la vorágine en la que se había metido y anular una inminente gira, que no retomó ¡hasta 8 años después!, en 1974. Durante casi 1 década, se retiró de los escenarios y la vida pública, para refugiarse en el hogar junto a Sara. Pintó, probó con el country, y en 1967, grabó un montón de temas en el sótano de su casa (donde tenía su estudio), de los que se publicaron antes las versiones que los originales, que no vieron la luz hasta 1975,  bajo el título de “The Basement Tapes”.


   En estos años, Bobby se rodeó por primera vez de una formación fija, The Band, con los que estaría hasta 1976, y a los que dijo adiós a lo grande con un concierto de despedida en el que participaron Joni Mitchell, Van Morrison y Neil Young, entre otros, y del que quedó documento gráfico gracias a Martin Scorsese. En 1972, a petición del cineasta Sam Peckinpah, el compositor hizo la banda sonora de “Pat Garrett y Billy el niño”, cuya canción “Knockin’ On Heaven’s Door” superó con creces el éxito de la película. A punto de acabar la década, en 1977, Dylan se separó de Sara, lo que le inspiró su trabajo “Blood on the Tracks”, uno de los mejores álbumes de todos los tiempos, según la revista Rolling Stone, y sin duda, su mejor trabajo en los 70.


   Con su regreso, asomó un Dylan más calmado, padre, sentimental, que dejaba atrás una verborrea a veces incomprendida, y optaba por la sencillez. Con un ritmo de disco al año, los 80 fueron la década de un músico de sobra respetado, que seguía levantando revuelo con cada concierto o aparición, que en el 86 celebró sus 25 años de carrera musical, y que en el 88 arrancó una gira con un título premonitorio, “Never Ending Tour” (“La gira interminable”) con la que bautizó todos sus conciertos hasta el momento. Ese mismo año llegó otro escarceo “bandil” con sus mejores amigos de batalla y escenarios. Fue entre una broma y accidente, pero una noche, mientras George Harrison, Jeff Lynne (Electric Light Orchestra), Roy Orbison y Tom Petty pasaban el rato tocando en casa de Dylan, el ex Beatle les propuso grabar un tema destinado a ser la cara B de su siguiente trabajo. Cuando la discográfica lo tuvo entre manos, flipó, y así nació un grupo brutal de genios musicales talluditos que bajo el nombre The Travelling Wilburys sacaron 2 únicos discos, e hicieron gozar a incrédulos seguidores.


   A Dylan le empezaron a llover los reconocimientos. En 1988, entró en el Salón de la Fama del Rock&Roll de la mano de Bruce Springsteen que dijo: “Bob liberó tu mente del mismo modo que Elvis liberó tu cuerpo”. En 1990, fue ordenado Caballero de la Orden de las Artes y las Letras de Francia; en 2000, recibió el Premio de la Música Polar de la Real Academia Sueca de Música; en 2007, el Premio Príncipe de Asturias de las Artes; en 2008, el reconocimiento honorario del Premio Pulitzer por su impacto en la música popular y en la cultura americana; en 2012, la Medalla Presidencial de la Libertad del Presidente Barack Obama; y en 2016, el Premio Nobel de Literatura.


   Pero, por encima de todo, se encuentran sus cientos de canciones, videos, documentales, entrevistas, biografías, conciertos, bandas sonoras, y tributos, que nos recuerdan que Bob Dylan es mucho más que esos ojos tristes. Dylan ha hecho historia porque supo ver más allá de la melodía, y plantearse otra manera de ser escritor, y su especial atención a las letras cambió nuestra manera de hacer y escuchar música.


                                         (De Lidia Martín, el 13 de octubre de 2016)


Referencias útiles:
Para seguir los pasos poéticos de BOB DYLAN, conéctate a su web, su Facebook y su Twitter.

PD: Ilustración by Marta Colomer aka tutticonfetti.


[Volver a Mi Petit Homenaje, DiscotecaCallejero o Blogosfera]

   Su crítica social, su compromiso político, y su lucha a través de la palabra -sobre todo en unos años 60 poco acostumbrados a tanta libertad de expresión en las canciones-, le pusieron en el punto de mira, y le encumbraron en muy poco tiempo como ícono y fenómeno. El que ha sido y es una de las figuras más influyentes para varias generaciones, tanto del siglo XX como del XXI (y no solo por haber vendido más de 100 millones de discos en el mundo), sigue en activo, mientras críticos e historiadores estudian su obra en la Universidad, cientos de bandas le rinden tributo, surgen versiones de debajo de las piedras, y la eterna nominación al Nobel de Literatura por fin se ha hecho realidad hoy, Miércoles 13 de octubre de 2016. (Gran) Homenaje a Bob Dylan, que con sólo 24 años, en una noche de “vómito” espiritual de 1965, después de una agotadora gira, escribió la que para muchos es la mejor canción de todos los tiempos: “Like a Rolling Stone”.


   Nació como Robert Allen Zimmerman el 24 de mayo de 1941, en una familia judía de Minnesota, de padres descendientes de ucranianos y lituanos, huidos de la persecución antisemita. Creció escuchando la radio y soñando con los temas de Elvis y Little Richard, a los que imitó en cuanto pudo coger un instrumento. Con 18 años, se mudó a Minneapolis para ir a la Universidad, pero el folk se cruzó en su camino, y no duró ni 1 año en el campus. Aquel estilo musical era lo que Bobby andaba buscando, y el joven apartó un rock que consideraba superficial para nutrirse de aquel folk intimista y con contenido, sobre todo del que salía de las manos y voz de su gran ídolo, Woody Guthrie, el cantante de los pobres y oprimidos, ya por entonces en la etapa final de un trastorno neuropsiquiátrico del que murió pocos años después.


   Tal era su adoración que en 1961 cogió su petate, y se largó a Nueva York con el único propósito de conocerlo en persona. Fue imposible, pero el muchacho se quedó en la Gran Manzana y empezó a buscarse la vida tocando en varios clubes, sorprendiendo al público con su saber hacer y juventud, y poniéndose en boca de todos hasta acabar tocando la armónica para el disco de una joven cantautora llamada Carolyn Hester. Aquel fue un gran día, porque allí, junto a ella, estaba John H. Hammond, el crítico y productor musical que ya había echado el ojo entre otros a Billie Holliday o Teddy Wilson (y con el tiempo haría lo propio con Aretha Franklin, Leonard Cohen o Bruce Springsteen) y que aquella tarde no tuvo ojos para nadie más que Dylan.


   Fue entonces cuando Robert decidió cambiar su nombre. Según unos, por la supuesta influencia de una serie de tv y su personaje llamado Matt Dillon (nada que ver con el actor que hoy todos conocemos); según otros, aunque al principio el músico lo negó, por su admiración por la obra del poeta Dylan Thomas. Sea como fuere, en el nuevo mundo musical al que acababa de acceder, si alguien le preguntaba por el nombre, su respuesta rápida era Bob Dylan, y en 1962, con su nuevo apodo y un reluciente contrato con la discográfica Columbia Records de la mano de Hammond, publicó su primer trabajo, “Bob Dylan”, que apenas vendió 5.000 copias. La compañía, que claro está, sólo miraba los números, estaba ultimando ya su salida, cuando la espontánea defensa de uno de sus grandes fichajes, Johnny Cash, y el empeño de Hammond le salvaron.


   Al año siguiente, lanzó “The Freewheelin” (1963), un trabajo cargado de protesta social que incluía “Blowin’ in the wind”. En una época en que importaba mucho lo que se decía y cómo se decía, Dylan había escogido la poesía y el folk para transmitir su mensaje, y aquella letra marcó un antes y un después. Pero curiosamente su música llegó primero a una gran mayoría de púbico a través de otros intérpretes que le versionaban, entre ellos Joan Baez, que en su papel de mentora y ¿amante?, paseó a aquel joven inexperto por los principales escenarios del panorama musical, entre ellos en la mítica actuación de ese mismo año en la Marcha por los Derechos Civiles de Washington.


   Con su tercer álbum “The times are a-Changin’’ (1964), Dylan dio un paso más. De lo social saltó a lo político, tomando como inspiración hechos reales con los que cuestionó la maldad, desigualdad, crueldad y debilidad del ser humano. Aquel jovencito tenía las ideas muy claras, y llegó a dar plantón al equipo del programa de televisión The Ed Sullivan Show, cuando los jefazos de la cadena CBS quisieron censurarle uno de los temas que iba a interpretar. 


   Pero su verdadera revolución llegó en 1965, su gran año, cuando sacó su 5º disco, “Bringing it all back home”, en el que inesperadamente le puso los cuernos al folk para caer en las redes del rock. Lo hizo en directo con nada más y nada menos que una Fender Stratocaster, lo que despertó todo tipo de reacciones, e incluso la ira de algunos de sus seguidores más puristas. Una vez más, Dylan había cambiado las reglas del juego. El músico creía tanto en el poder de la palabra que a la hora de grabar el vídeo del single “Subterranean Homesick Blues” (1965) mantuvo un plano fijo en el que se le veía pasar tarjetones con frases de lo que iba cantando. Aquel sencillo gesto robó todo el protagonismo a la imagen para concedérselo a su querida letra, en un resultado visual tan versionado como sus canciones (sin ir más lejos la declaración más bonita de la película “Love Actually” sigue este formato).


   De 1965 también es “Like a Rolling Stone”, el single adelanto de su siguiente trabajo “Highway 61 Revisited”, y que a pesar de sus 6 minutos de duración se convirtió en su mayor éxito internacional hasta entonces, con 12 semanas en las listas estadounidenses  y cientos de artistas como Jimi Hendrix o The Rolling Stones, rindiéndose a sus pies con su propia versión. Sobre su letra y a quién podría aludir, hubo muchas elucubraciones. Desde Warhol, al que se dice, se cuenta, se rumorea, Dylan había cogido manía por su trato hacia la actriz y modelo Edie Sedwick con la que se le relacionó; hasta la mismísima Joan Baez, o también la cantante e intérprete Marianne Faithfull… A pesar de sonar los nombres de tantas mujeres en su vida, Bob volvió a sorprender al casarse en secreto, en noviembre del 65, con Sara Lownds, una ex modelo y actriz con la que tuvo 4 hijos, entre ellos Jakob, el único en seguir los pasos musicales de su padre.


   A estas alturas, convertido en icono generacional, cultural y social, un accidente de moto ocurrido en julio de 1966, paró en seco su ritmo frenético. En realidad, nunca se supo realmente la gravedad de las heridas, no hubo ingreso hospitalario, y hay quien asegura que todo fue mentira. Verdad o no, lo cierto es que Dylan aprovechó para escapar de la vorágine en la que se había metido y anular una inminente gira, que no retomó ¡hasta 8 años después!, en 1974. Durante casi 1 década, se retiró de los escenarios y la vida pública, para refugiarse en el hogar junto a Sara. Pintó, probó con el country, y en 1967, grabó un montón de temas en el sótano de su casa (donde tenía su estudio), de los que se publicaron antes las versiones que los originales, que no vieron la luz hasta 1975,  bajo el título de “The Basement Tapes”.


   En estos años, Bobby se rodeó por primera vez de una formación fija, The Band, con los que estaría hasta 1976, y a los que dijo adiós a lo grande con un concierto de despedida en el que participaron Joni Mitchell, Van Morrison y Neil Young, entre otros, y del que quedó documento gráfico gracias a Martin Scorsese. En 1972, a petición del cineasta Sam Peckinpah, el compositor hizo la banda sonora de “Pat Garrett y Billy el niño”, cuya canción “Knockin’ On Heaven’s Door” superó con creces el éxito de la película. A punto de acabar la década, en 1977, Dylan se separó de Sara, lo que le inspiró su trabajo “Blood on the Tracks”, uno de los mejores álbumes de todos los tiempos, según la revista Rolling Stone, y sin duda, su mejor trabajo en los 70.


   Con su regreso, asomó un Dylan más calmado, padre, sentimental, que dejaba atrás una verborrea a veces incomprendida, y optaba por la sencillez. Con un ritmo de disco al año, los 80 fueron la década de un músico de sobra respetado, que seguía levantando revuelo con cada concierto o aparición, que en el 86 celebró sus 25 años de carrera musical, y que en el 88 arrancó una gira con un título premonitorio, “Never Ending Tour” (“La gira interminable”) con la que bautizó todos sus conciertos hasta el momento. Ese mismo año llegó otro escarceo “bandil” con sus mejores amigos de batalla y escenarios. Fue entre una broma y accidente, pero una noche, mientras George Harrison, Jeff Lynne (Electric Light Orchestra), Roy Orbison y Tom Petty pasaban el rato tocando en casa de Dylan, el ex Beatle les propuso grabar un tema destinado a ser la cara B de su siguiente trabajo. Cuando la discográfica lo tuvo entre manos, flipó, y así nació un grupo brutal de genios musicales talluditos que bajo el nombre The Travelling Wilburys sacaron 2 únicos discos, e hicieron gozar a incrédulos seguidores.


   A Dylan le empezaron a llover los reconocimientos. En 1988, entró en el Salón de la Fama del Rock&Roll de la mano de Bruce Springsteen que dijo: “Bob liberó tu mente del mismo modo que Elvis liberó tu cuerpo”. En 1990, fue ordenado Caballero de la Orden de las Artes y las Letras de Francia; en 2000, recibió el Premio de la Música Polar de la Real Academia Sueca de Música; en 2007, el Premio Príncipe de Asturias de las Artes; en 2008, el reconocimiento honorario del Premio Pulitzer por su impacto en la música popular y en la cultura americana; en 2012, la Medalla Presidencial de la Libertad del Presidente Barack Obama; y en 2016, el Premio Nobel de Literatura.


   Pero, por encima de todo, se encuentran sus cientos de canciones, videos, documentales, entrevistas, biografías, conciertos, bandas sonoras, y tributos, que nos recuerdan que Bob Dylan es mucho más que esos ojos tristes. Dylan ha hecho historia porque supo ver más allá de la melodía, y plantearse otra manera de ser escritor, y su especial atención a las letras cambió nuestra manera de hacer y escuchar música.


                                         (De Lidia Martín, el 13 de octubre de 2016)


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