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PATTi SMiTH
M TRAiN

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   A punto de cumplir 70 años, la cantante y poetisa estadounidense que demostró que punk y poesía casaban a la perfección, sigue despertando a las masas con el poder de su palabra. De su incesante necesidad de compartir con el mundo su visión, hasta la gira con la que hoy celebra el 40º aniversario de su primer y mítico disco “Horses” (1975), Patti Smith sigue siendo aquella “madrina del punk”, feminista, andrógina y curiosa, que se codeó con lo más granado de la bohemia neoyorkina, y se convirtió en la musa y amiga íntima del fotógrafo Mapplethorpe. De aquella relación nació en 2010 la autobiografía Just Kids (Éramos unos niños), Premio nacional de Literatura en Estados Unidos y que ahora va a ser llevada a la televisión, en la que recordó a aquellos 2 adolescentes perdidos en la Nueva York de los años 60 y 70, cuando todo parecía posible. Y hoy 06 de octubre de 2015, publica la secuela M Train, un viaje que arranca en la cafetería de Greenwich Village, donde cada mañana la artista toma su “americano”, y anota sus pensamientos sobre la creación y la escritura, sobre la influencia que ejerció en ella Frida Kahlo o Rimbaud, o sobre el dolor de la temprana muerte de su marido, también músico y amante de los versos. Unas reflexiones que nos permitirán conocer aún más a una mujer que cantó solo por creer que el rock se lo pondría más fácil a sus poemas.


   Patricia Lee Smith nació en Chicago el 30 de diciembre de 1946, entre el fanatismo religioso de su madre Beverly, cantante de jazz y testigo de Jehová, y el ateísmo de su padre Grant, empleado en la multinacional Honeywell. Smith se crió en una dicotomía de creencias que le dejó huella y que con el tiempo marcaría su obra. Es más, existe una leyenda que asegura que, con 4 años, la pequeña enfermó de escarlatina con fiebres tan altas que tuvo alucinaciones místicas que fueron el embrión de su poesía. Al crecer entre lo profano y lo sagrado, encontró en sus rezos diarios un nuevo mundo que la conectaba con algo intangible, bello e infinito, pero que con la llegada de la adolescencia y la típica e insaciable curiosidad, abandonó cayendo rendida ante la portada del libro Iluminaciones de Arthur Rimbaud, del que se enamoró.


   Con 18 años, aunque aún no entendía las palabras de aquel libro, supo ver en ellas una señal: ¡sería artista! Pero sin dinero en la familia para estudiar lo que ansiaba, se puso a trabajar en una fábrica de colchones. Hundida en aquel empleo mecánico y vacío, las Iluminaciones de del poeta maldito galo fue su salvación. A él acudía a escondidas cada vez que las fuerzas flaqueaban bajo la burla y presión de unos compañeros, que llegaron a amenazarla y agredirla, incluso metiéndole la cabeza en un inodoro, al considerar que aquella chica era rara, y aquel autor extranjero, sin duda comunista. Fue el punto de inflexión, la bomba que hizo estallar a una joven Smith que, harta y embarazada, vio en la Gran Manzana su única salida. Quería “ser mala”, y 3 días después de dar a luz en 1966 a su primer hijo -al que entregó en adopción bajo la condición de que la familia fuera católica-, Smith se fue a Nueva York para no volver.


   Recién llegada a la ciudad que nunca duerme, conoció a Robert Mapplethorpe, de apenas 19 años, del que se hizo inseparable hasta la muerte del artista en 1989. Juntos sobrevivieron en aquella difícil ciudad, sin un duro ni un lugar donde dormir, robando y buscándose la vida.  El joven fotógrafo dejó cuenta de su relación en cientos de retratos polaroid de una aún desconocida Smith, tímida, delgada y cándida como nunca, bajo la certera mirada de un amigo, que supo plasmar como nadie a la auténtica Patricia, la misma que mostraría con el tiempo en las portadas de sus primeros trabajos.


   Fueron unos años llenos de vida y desencanto, en los que Smith formó parte de un círculo intelectual que haría historia, heredero de una generación que no supo encontrar su sitio, tocada por la guerra del Vietnam, defensora incansable de los derechos laborales y sociales, con la música de fondo de The Velvet Underground o Lou Reed; con el cuerpo presente de Jim Morrison, Jimi Hendrix, Janis Joplin o Brian Jones engrosando el terrible Club de los 27; y con la voz cultural de los 60 apagándose por momentos. Smith recorrió junto a Mapplethorpe aquella ciudad con sus gentes y garitos, posó desnuda para estudiantes de arte, leyó todo lo que cayó en sus manos, y sin saber muy bien qué hacer con su vida, en 1969 viajó a París donde actuó durante meses en la calle cuando no visitaba las tumbas de Morrison y Rimbaud… y al no sentir lo que esperaba, regresó -decepcionada- a los brazos de su querido fotógrafo con el que se fue a vivir al Hotel Chelsea de Nueva York.


   Aquel lugar era por entonces un auténtico hervidero de intelectuales, desde el poeta Dyan Thomas -que murió en 1953 una de sus habitaciones-, al artista Andy Warhol -que en 1966 llegó a rodar allí el film underground “The Chelsea Girls”. Como animal de la noche, cómoda en una fauna plagada de pintores, escritores, fotógrafos, travestis y periodistas, Smith probó todo, y lo hizo apadrinada entre otros por el novelista William Burroughs, por el poeta de la Generación Beat Allen Ginsberg, el dramaturgo Sam Shepard del que fue amante en secreto, la transexual Wayne County con quien se subió a las tablas, o el músico Allen Lanier de Blue Oyster Cult, con quien estuvo saliendo. Sin embargo, fue en la música en la que Smith encontró poco a poco su medio, sin darse cuenta, primero recitando sus poemas en círculos privados de artistas, dejando a todos boquiabiertos con su poder y actitud, y a partir de 1973, poniendo notas a sus versos, como una poetisa que no quería ser cantante, pero a la que le fascinaba el rock.


   Por entonces, su novio era Tom Verlaine, líder del grupo Television, y había convencido al dueño de un club de capa caída, el CBGB -hasta entonces solo dedicado al country-, para que pudieran estrenarse en él las nuevas bandas de momento como Smith quien acababa de empezar a cantar sus palabras frente a un piano. Por primera vez, el público abarrotó la sala en la que nacería el punk y que luego llenarían los Ramones, Blondie o Talking Heads.


   En 1974, gracias al apoyo económico de Mapplethorpe, Smith grabó su primer sencillo, cuya cara A era una versión de “Hey Joe” de Billy Roberts -ya versionado antes por Hendrix o Deep Purple-, en la que la cantante añadió una pieza hablada recordando el secuestro y posterior síndrome de Estocolmo de Patty Hearst, la descendiente del magnate de los medios de comunicación; y una cara B donde cedió el protagonismo a “sus” queridas Iluminaciones, una exitosa carta de presentación que le valió el interés del sello Arista Records con el que, 1 año después, editaría su primer trabajo “Horses” bajo la producción del ex Velvet Underground, John Cale, y la austera y hoy ya clásica portada, firmada por su amado Mapplethorpe.


   Aquella fotografía es hoy todo un clásico, no solo por su sencillez aplastante a base de luz natural y poco artificio, sino sobre todo por la cabezonería de aquella jovencita frente a una discográfica que no supo entender una imagen tan alejada de lo que entonces se esperaba, mal acostumbrada a portadas de mujeres en las que la estética importaba más que la letra de sus canciones. En cambio, aquella Patti Smith sin maquillaje ni pose era el más fiel reflejo de una artista que supo resumir aquellos movidos años 70, que sumó como nadie el mejor punk, el más puro rock y la más bella poesía en un canto a la libertad y un alegato feminista, y que se estrenó con una versión de “Gloria”, de Van Morrison, que Smith abría con unas palabras que evocaron su influencia religiosa: “Jesus died for somebody’s sins, but not mine” (“Jesús murió por los pecados de alguien, pero no por los míos”).


   En su segundo trabajo “Radio Ehiopia” (1976), volvió a mezclar religión, rock y héroes íntimos, con el escritor francés Jean Genet como principal inspiración, sin saber que en 1977, se rompería caería 2 vértebras al caerse del escenario, y que tomaría el accidente como una nueva iluminación, pues en ese momento cantaba: “Mano de Dios, siento tu dedo, pero no me marea, no caigo”. Aún así, en 1978, publicó “Easter”, que contenía su gran éxito “Because the Night”, coescrito con Bruce Springsteen, que luego tocaría a su manera, y que más tarde versionarían también Maniacs, R.E.M., U2 o Garbage; pero después de ese trabajo, y con el supuesto aviso de Dios, Smith decidió apartarse sin aviso de la música para dedicarse de lleno a un hombre del que se había enamorado como nunca antes y formar una familia.


   El afortunado fue Fred Sonic Smith, ex guitarrista de MC5, uno de los grupos pioneros del punk. Se casaron en 1980, y tuvieron a Jackson en 1982, y a Jesse en 1987. Y durante 18 años, Patti vivió retirada en su casa de Detroit, solo dejándose oír en 1988 con “Dream of Life” y su temazo “People have the Power, grabado mientras su amigo Mapplethorpe agonizaba.  


   Tras la muerte del fotógrafo, llegó la de su marido Fred, que falleció en 1994 de un ataque al corazón. Fue el arranque de una década difícil en la que también murió su amigo Kurt Cobain, y poco después, su hermano Todd. Desolada y con los hijos ya creciditos, Smith regresó a Nueva York, cerca de sus amigos, Michael Stipe de R.E.M. y el poeta Allen Ginsberg, que la animaron a volver a tocar como la mejor de las terapias. Y en 1995, Patti subió de nuevo al escenario como telonera de Bob Dylan; 1 año después, sacó su disco “Gone Away” (1996) en el que eligió el Salmo 30, “Mi duelo se ha convertido en danza” para recordar a los que se fueron como el tema “About a boy” en homenaje al líder de Nirvana.


   Desde entonces, Smith, ya respetaba e idolatraba, no ha abandonado los escenarios, y los recopilatorios, homenajes y reconocimientos se han sucedido sin descanso. En 2005, fue nombrada Comendadora de la Orden de las Artes y las Letras de Francia; en 2007, entró en el Salón de la Fama del Rock; al año siguiente, vio estrenar el documental sobre su vida “Dream of life”; y en 2012, publicó su último trabajo discográfico hasta el momento “Banga”. Hoy en día, artistas de la talla de PJ Harvey o Morrisey confiensan la fuerte influencia que esta delgada y andrógina mujer ejerció sobre ellos. A la musa del rock neoyorkino de cabellera gris, ya se le han ido otros como su amado Lou Reed o Joe Ramone, pero ella sigue demostrando que sus canciones son himnos a la libertad gracias a la curiosidad que la hace sobrevivir al tiempo, a los cambios y a los gustos, y por seguir consiguiendo que cada vez que su voz se alza, el mundo mejore.


PD: Hoy, Martes 06 de octubre de 2015, Patti Smith publica M Train (Editorial Knopf), basado en sus diarios escritos en todos los cafés del mundo.


                                           (De Lidia Martín, el 06 de octubre de 2015)


Referencias útiles:
Para seguir los pasos (re)creativos de PATTi SMiTH, conéctate a su web y su Facebook.


[Volver a Mi Petit Discoteca, Biblioteca, Callejero o Blogosfera]

   A punto de cumplir 70 años, la cantante y poetisa estadounidense que demostró que punk y poesía casaban a la perfección, sigue despertando a las masas con el poder de su palabra. De su incesante necesidad de compartir con el mundo su visión, hasta la gira con la que hoy celebra el 40º aniversario de su primer y mítico disco “Horses” (1975), Patti Smith sigue siendo aquella “madrina del punk”, feminista, andrógina y curiosa, que se codeó con lo más granado de la bohemia neoyorkina, y se convirtió en la musa y amiga íntima del fotógrafo Mapplethorpe. De aquella relación nació en 2010 la autobiografía Just Kids (Éramos unos niños), Premio nacional de Literatura en Estados Unidos y que ahora va a ser llevada a la televisión, en la que recordó a aquellos 2 adolescentes perdidos en la Nueva York de los años 60 y 70, cuando todo parecía posible. Y hoy 06 de octubre de 2015, publica la secuela M Train, un viaje que arranca en la cafetería de Greenwich Village, donde cada mañana la artista toma su “americano”, y anota sus pensamientos sobre la creación y la escritura, sobre la influencia que ejerció en ella Frida Kahlo o Rimbaud, o sobre el dolor de la temprana muerte de su marido, también músico y amante de los versos. Unas reflexiones que nos permitirán conocer aún más a una mujer que cantó solo por creer que el rock se lo pondría más fácil a sus poemas.


   Patricia Lee Smith nació en Chicago el 30 de diciembre de 1946, entre el fanatismo religioso de su madre Beverly, cantante de jazz y testigo de Jehová, y el ateísmo de su padre Grant, empleado en la multinacional Honeywell. Smith se crió en una dicotomía de creencias que le dejó huella y que con el tiempo marcaría su obra. Es más, existe una leyenda que asegura que, con 4 años, la pequeña enfermó de escarlatina con fiebres tan altas que tuvo alucinaciones místicas que fueron el embrión de su poesía. Al crecer entre lo profano y lo sagrado, encontró en sus rezos diarios un nuevo mundo que la conectaba con algo intangible, bello e infinito, pero que con la llegada de la adolescencia y la típica e insaciable curiosidad, abandonó cayendo rendida ante la portada del libro Iluminaciones de Arthur Rimbaud, del que se enamoró.


   Con 18 años, aunque aún no entendía las palabras de aquel libro, supo ver en ellas una señal: ¡sería artista! Pero sin dinero en la familia para estudiar lo que ansiaba, se puso a trabajar en una fábrica de colchones. Hundida en aquel empleo mecánico y vacío, las Iluminaciones de del poeta maldito galo fue su salvación. A él acudía a escondidas cada vez que las fuerzas flaqueaban bajo la burla y presión de unos compañeros, que llegaron a amenazarla y agredirla, incluso metiéndole la cabeza en un inodoro, al considerar que aquella chica era rara, y aquel autor extranjero, sin duda comunista. Fue el punto de inflexión, la bomba que hizo estallar a una joven Smith que, harta y embarazada, vio en la Gran Manzana su única salida. Quería “ser mala”, y 3 días después de dar a luz en 1966 a su primer hijo -al que entregó en adopción bajo la condición de que la familia fuera católica-, Smith se fue a Nueva York para no volver.


   Recién llegada a la ciudad que nunca duerme, conoció a Robert Mapplethorpe, de apenas 19 años, del que se hizo inseparable hasta la muerte del artista en 1989. Juntos sobrevivieron en aquella difícil ciudad, sin un duro ni un lugar donde dormir, robando y buscándose la vida.  El joven fotógrafo dejó cuenta de su relación en cientos de retratos polaroid de una aún desconocida Smith, tímida, delgada y cándida como nunca, bajo la certera mirada de un amigo, que supo plasmar como nadie a la auténtica Patricia, la misma que mostraría con el tiempo en las portadas de sus primeros trabajos.


   Fueron unos años llenos de vida y desencanto, en los que Smith formó parte de un círculo intelectual que haría historia, heredero de una generación que no supo encontrar su sitio, tocada por la guerra del Vietnam, defensora incansable de los derechos laborales y sociales, con la música de fondo de The Velvet Underground o Lou Reed; con el cuerpo presente de Jim Morrison, Jimi Hendrix, Janis Joplin o Brian Jones engrosando el terrible Club de los 27; y con la voz cultural de los 60 apagándose por momentos. Smith recorrió junto a Mapplethorpe aquella ciudad con sus gentes y garitos, posó desnuda para estudiantes de arte, leyó todo lo que cayó en sus manos, y sin saber muy bien qué hacer con su vida, en 1969 viajó a París donde actuó durante meses en la calle cuando no visitaba las tumbas de Morrison y Rimbaud… y al no sentir lo que esperaba, regresó -decepcionada- a los brazos de su querido fotógrafo con el que se fue a vivir al Hotel Chelsea de Nueva York.


   Aquel lugar era por entonces un auténtico hervidero de intelectuales, desde el poeta Dyan Thomas -que murió en 1953 una de sus habitaciones-, al artista Andy Warhol -que en 1966 llegó a rodar allí el film underground “The Chelsea Girls”. Como animal de la noche, cómoda en una fauna plagada de pintores, escritores, fotógrafos, travestis y periodistas, Smith probó todo, y lo hizo apadrinada entre otros por el novelista William Burroughs, por el poeta de la Generación Beat Allen Ginsberg, el dramaturgo Sam Shepard del que fue amante en secreto, la transexual Wayne County con quien se subió a las tablas, o el músico Allen Lanier de Blue Oyster Cult, con quien estuvo saliendo. Sin embargo, fue en la música en la que Smith encontró poco a poco su medio, sin darse cuenta, primero recitando sus poemas en círculos privados de artistas, dejando a todos boquiabiertos con su poder y actitud, y a partir de 1973, poniendo notas a sus versos, como una poetisa que no quería ser cantante, pero a la que le fascinaba el rock.


   Por entonces, su novio era Tom Verlaine, líder del grupo Television, y había convencido al dueño de un club de capa caída, el CBGB -hasta entonces solo dedicado al country-, para que pudieran estrenarse en él las nuevas bandas de momento como Smith quien acababa de empezar a cantar sus palabras frente a un piano. Por primera vez, el público abarrotó la sala en la que nacería el punk y que luego llenarían los Ramones, Blondie o Talking Heads.


   En 1974, gracias al apoyo económico de Mapplethorpe, Smith grabó su primer sencillo, cuya cara A era una versión de “Hey Joe” de Billy Roberts -ya versionado antes por Hendrix o Deep Purple-, en la que la cantante añadió una pieza hablada recordando el secuestro y posterior síndrome de Estocolmo de Patty Hearst, la descendiente del magnate de los medios de comunicación; y una cara B donde cedió el protagonismo a “sus” queridas Iluminaciones, una exitosa carta de presentación que le valió el interés del sello Arista Records con el que, 1 año después, editaría su primer trabajo “Horses” bajo la producción del ex Velvet Underground, John Cale, y la austera y hoy ya clásica portada, firmada por su amado Mapplethorpe.


   Aquella fotografía es hoy todo un clásico, no solo por su sencillez aplastante a base de luz natural y poco artificio, sino sobre todo por la cabezonería de aquella jovencita frente a una discográfica que no supo entender una imagen tan alejada de lo que entonces se esperaba, mal acostumbrada a portadas de mujeres en las que la estética importaba más que la letra de sus canciones. En cambio, aquella Patti Smith sin maquillaje ni pose era el más fiel reflejo de una artista que supo resumir aquellos movidos años 70, que sumó como nadie el mejor punk, el más puro rock y la más bella poesía en un canto a la libertad y un alegato feminista, y que se estrenó con una versión de “Gloria”, de Van Morrison, que Smith abría con unas palabras que evocaron su influencia religiosa: “Jesus died for somebody’s sins, but not mine” (“Jesús murió por los pecados de alguien, pero no por los míos”).


   En su segundo trabajo “Radio Ehiopia” (1976), volvió a mezclar religión, rock y héroes íntimos, con el escritor francés Jean Genet como principal inspiración, sin saber que en 1977, se rompería caería 2 vértebras al caerse del escenario, y que tomaría el accidente como una nueva iluminación, pues en ese momento cantaba: “Mano de Dios, siento tu dedo, pero no me marea, no caigo”. Aún así, en 1978, publicó “Easter”, que contenía su gran éxito “Because the Night”, coescrito con Bruce Springsteen, que luego tocaría a su manera, y que más tarde versionarían también Maniacs, R.E.M., U2 o Garbage; pero después de ese trabajo, y con el supuesto aviso de Dios, Smith decidió apartarse sin aviso de la música para dedicarse de lleno a un hombre del que se había enamorado como nunca antes y formar una familia.


   El afortunado fue Fred Sonic Smith, ex guitarrista de MC5, uno de los grupos pioneros del punk. Se casaron en 1980, y tuvieron a Jackson en 1982, y a Jesse en 1987. Y durante 18 años, Patti vivió retirada en su casa de Detroit, solo dejándose oír en 1988 con “Dream of Life” y su temazo “People have the Power, grabado mientras su amigo Mapplethorpe agonizaba.  


   Tras la muerte del fotógrafo, llegó la de su marido Fred, que falleció en 1994 de un ataque al corazón. Fue el arranque de una década difícil en la que también murió su amigo Kurt Cobain, y poco después, su hermano Todd. Desolada y con los hijos ya creciditos, Smith regresó a Nueva York, cerca de sus amigos, Michael Stipe de R.E.M. y el poeta Allen Ginsberg, que la animaron a volver a tocar como la mejor de las terapias. Y en 1995, Patti subió de nuevo al escenario como telonera de Bob Dylan; 1 año después, sacó su disco “Gone Away” (1996) en el que eligió el Salmo 30, “Mi duelo se ha convertido en danza” para recordar a los que se fueron como el tema “About a boy” en homenaje al líder de Nirvana.


   Desde entonces, Smith, ya respetaba e idolatraba, no ha abandonado los escenarios, y los recopilatorios, homenajes y reconocimientos se han sucedido sin descanso. En 2005, fue nombrada Comendadora de la Orden de las Artes y las Letras de Francia; en 2007, entró en el Salón de la Fama del Rock; al año siguiente, vio estrenar el documental sobre su vida “Dream of life”; y en 2012, publicó su último trabajo discográfico hasta el momento “Banga”. Hoy en día, artistas de la talla de PJ Harvey o Morrisey confiensan la fuerte influencia que esta delgada y andrógina mujer ejerció sobre ellos. A la musa del rock neoyorkino de cabellera gris, ya se le han ido otros como su amado Lou Reed o Joe Ramone, pero ella sigue demostrando que sus canciones son himnos a la libertad gracias a la curiosidad que la hace sobrevivir al tiempo, a los cambios y a los gustos, y por seguir consiguiendo que cada vez que su voz se alza, el mundo mejore.


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