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Mi PETiT VERANO (nº26):
¡FELiZ DíA DEL BiKiNi!

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   Hoy, Martes 05 de julio de 2016, mientras el Universo (y Google) celebra la entrada de la sonda Juno en la órbita de Júpiter (después de un viaje de 4 años y 11 meses), en el planeta Tierra es el Día Mundial del Bikini. Crónica sentimental de un trozo de tela que, al menguar con el tiempo, revolucionó tanto las vacaciones como las mentalidades.


   Prohibido por la Iglesia Católica durante la Alta y Baja Edad Media por -al parecer- fomentar los vicios del diablo, el baño en el mar no tuvo adeptos hasta que el rey Jorge III de Inglaterra recuperara las playas para su real disfrute y mandara construir, en 1787, el Royal Pavilion de Brighton, una especie de balneario para su exclusivo retiro. Sin embargo, el primer bañador propiamente dicho, es decir, ropa hecha específicamente para estar en el agua a sus anchas, no llegó hasta 1890, pero ¡cómo llegó! ¡Tela marinera (nunca mejor dicho)!


   Se componía, para los hombres, de una camisa, un pantalón y un par de calcetines; y en el caso de las mujeres, de un corsé, una blusa a media manga y un pantalón largo y ancho, parcialmente cubierto por una falda, ya que, en aquella época, que una mujer llevara pantalones era escandalosamente inconcebible. Pero, eso no es todo. Al constatar que las faldas de las mujeres se levantaban al entrar en contacto con el agua, algún iluminado tuvo la feliz idea de añadir plomo en los dobladillos para evitar que las damas enseñarán sus rodillas (tapadas, no lo olvidemos, por un pantalón). Huelga decir que se le quitaron las ganas de bañarse y de ir a la playa a más de una y que la única transgresión posible consistió, para las más “rebeldes”, en “atreverse” a llevar el bañador de “4 piezas” de un color distinto del consagrado y moralmente recomendado negro.


   La cosa no cambió hasta los felices años 20, cuando la ropa deportiva comenzó a triunfar, pero la verdadera revolución llegó, una vez más, de la mano de la excéntrica Coco Chanel, que puso de moda el punto como material textil. Las mujeres lo adoptaron al minuto y, por fin liberadas del castrador corsé, empezaron a ir por la vida más cómodas que nunca. Por supuesto, los fabricantes no se quedaron de brazos cruzados y aprovecharon el tirón para utilizar el punto también en la ropa de baño... ¡Craso error! Las sufridas bañistas salían del agua con un bañador que, al mojarse, podía llegar a pesar ¡más de 3 kilos!


   Entre los locos 20 y más serios 30, a medida que las faldas se fueron acortando, los pantalones fueron sustituidos por medias antes de desaparecer por completo. Había nacido el bañador de 1 pieza, que cubría solo el tronco. Y así fue como muchas mujeres volvieron a ir a la playa no para entrenarse para supuestos campeonatos de natación sino simplemente para entretenerse, tomar el sol y pasar el rato entre amigas. 


   Entre los años 40 y los 50, gracias al látex, que comenzó a extenderse como material para la fabricación de ropa de baño, nuevos diseños florecieron al mismo tiempo que la superficie de tela utilizada fuera menguando. Y en 1946 nació el bikini, que fue tan atrevido para la época que su creador, Louis Réard, no encontró modelo que aceptara lucirlo y tuvo que contratar a una stripper, Micheline Bernardini, para su desfile. En cuanto al nombre del nuevo modelo, lo eligió el sastre francés a conciencia, con algo de caradura y mucha provocación.


   Como tenía clarísimo que la llegada del “dos piezas” iba a ser un escándalo de dimensiones “explosivas”, decidió bautizar su obra maestra como el atolón de Bikini, en las islas Marshall del Pacífico, donde los EE.UU. estaban realizando pruebas nucleares. Lo que nadie sabía es que en realidad Réard no había inventado nada nuevo sino que se había inspirado en unos mosaicos del año 1600 a.C., recién descubiertos en una antigua villa de Sicilia y en los que varias mujeres estaban ataviadas con dos piezas.


   Sin embargo y pese a la herencia histórica, en los puritanos años 40, el bikini que solo cubría las partes pudendas generó una reacción en cadena en su contra. Entonces, cuando la nadadora Esther Williams, protagonista de películas como la conocida “Escuela de Sirenas”, apareció en bikini, las inmediatas acusaciones de inmoralidad desde Europa a EE.UU. hicieron que fuera censurada. Y en 1951, después de los desfiles de Miss Mundo, la prenda fue simplemente prohibida. 


   Pero era sin contar con el poder del cine y, más concretamente, las curvas de Brigitte Bardot. A finales de los 50, la actriz gala no solo lucía palmito en la costa azul francesa sino que en 1957 se quitó el bikini en la mítica película de Vadim, “Y Dios creó a la mujer”. De repente, las mujeres americanas y europeas también quisieron lucir cuerpo y emular a divas como Úrsula Andress o Marilyn Monroe, excepto en España, Grecia y Portugal, donde por sus regímenes políticos, menos aperturistas (por decirlo de alguna manera), que hacían del recato su bandera, los bañadores de 1 sola pieza seguirían siendo la prenda de baño más demandada.


   Entre el nacimiento de la lycra en los 60 y el culto al cuerpo,en los 70, las dimensiones de las dos piezas comenzaron a menguar más y más, hasta llegar al topless (nacido en California) y al tanga, inventado en 1974 por el genovés Carlo Ficcardi. Y los grandes nombres de la moda, como Yves Saint Laurent o Lacroix, que hasta ahora se habían quedado de brazos cruzados, otorgaron a la ropa de baño la importancia que se merecía trasladando sus estampados y diseño a la ropa de baño e incluyéndola en sus colecciones.


   Mientras, en los 80 o la década de excesos, los bañadores eran todo menos discretos, muy escotados, de pierna alta y con prints muy llamativos; en los 90, al igual que en las pasarelas, triunfó el minimalismo con líneas rectas y sencillas, braguitas de una pieza pero altas hasta casi el ombligo y sin lazadas. Y con el cambio de milenio, el trikini dio sus primeros pasos en las revistas de moda pero nunca consiguió imponerse en las playas.


   Finalmente, ya instalados en el siglo XXI, el bikini sigue ganando por goleada al bañador. Un año más, será la prenda estrella del verano.


   ¡Feliz Día del Bikini!


PD (nº1) récord: Creado por Susan Rosen y Steinmetz Diamonds, el bikini más caro del mundo cuesta 30 millones de dólares. La pieza, que combina lujo y lujuria -según sus creadora-, el bikini-joya, que lució la modelo y actriz Molly Sims en la portada de la revista Sports Illustrated Swimsuit en 2006, está confeccionado con 150 quilates de diamantes montados en platino,.


PD (nº2) gastronómica: En cuanto al sándwich mixto de pan (Bimbo) con mantequilla, jamón York y queso cuadrado fundido, recibió el apodo de “Bikini” en Cataluña por la emblemática Sala Bikini, que abrió sus puertas y juergas al publico en la (avenida) Diagonal de la Ciudad Condal en 1953. En la pista, además de poder bailar hasta altas horas de la madrugada, también se podía degustar un sabroso Croque Monsieur francés cuyo impronunciable nombre no tardó en ser sustituido por el “Bocadillo de la Casa” hasta que quedarse en un sencillo, pero no menos exótico Bikini.


PD (nº3) cinematográfica: Finalmente, ¡no te pierdas  la película Bikini (2014)! Dirigida por Óscar Bernàcer y producida por Nakamura Films, la cinta, que recrea en clave de humor la conversación que mantuvieron en 1953 Pedro Zaragoza, entonces alcalde Benidorm, y los Franco acerca del uso del bikini en las playas del municipio turístico, ha ganado más de 60 premios en el circuito internacional de festivales, y la cadena de televisión por cable HBO Latino acaba de adquirir los derechos de emisión del cortometraje.


                                           (De Abigail Campos, el 05 de julio de 2016)


PD: ilustración by Álvaro Domínguez.


[Volver a Mi Petit Armario, Callejero o Blogosfera]

   Hoy, Martes 05 de julio de 2016, mientras el Universo (y Google) celebra la entrada de la sonda Juno en la órbita de Júpiter (después de un viaje de 4 años y 11 meses), en el planeta Tierra es el Día Mundial del Bikini. Crónica sentimental de un trozo de tela que, al menguar con el tiempo, revolucionó tanto las vacaciones como las mentalidades.


   Prohibido por la Iglesia Católica durante la Alta y Baja Edad Media por -al parecer- fomentar los vicios del diablo, el baño en el mar no tuvo adeptos hasta que el rey Jorge III de Inglaterra recuperara las playas para su real disfrute y mandara construir, en 1787, el Royal Pavilion de Brighton, una especie de balneario para su exclusivo retiro. Sin embargo, el primer bañador propiamente dicho, es decir, ropa hecha específicamente para estar en el agua a sus anchas, no llegó hasta 1890, pero ¡cómo llegó! ¡Tela marinera (nunca mejor dicho)!


   Se componía, para los hombres, de una camisa, un pantalón y un par de calcetines; y en el caso de las mujeres, de un corsé, una blusa a media manga y un pantalón largo y ancho, parcialmente cubierto por una falda, ya que, en aquella época, que una mujer llevara pantalones era escandalosamente inconcebible. Pero, eso no es todo. Al constatar que las faldas de las mujeres se levantaban al entrar en contacto con el agua, algún iluminado tuvo la feliz idea de añadir plomo en los dobladillos para evitar que las damas enseñarán sus rodillas (tapadas, no lo olvidemos, por un pantalón). Huelga decir que se le quitaron las ganas de bañarse y de ir a la playa a más de una y que la única transgresión posible consistió, para las más “rebeldes”, en “atreverse” a llevar el bañador de “4 piezas” de un color distinto del consagrado y moralmente recomendado negro.


   La cosa no cambió hasta los felices años 20, cuando la ropa deportiva comenzó a triunfar, pero la verdadera revolución llegó, una vez más, de la mano de la excéntrica Coco Chanel, que puso de moda el punto como material textil. Las mujeres lo adoptaron al minuto y, por fin liberadas del castrador corsé, empezaron a ir por la vida más cómodas que nunca. Por supuesto, los fabricantes no se quedaron de brazos cruzados y aprovecharon el tirón para utilizar el punto también en la ropa de baño... ¡Craso error! Las sufridas bañistas salían del agua con un bañador que, al mojarse, podía llegar a pesar ¡más de 3 kilos!


   Entre los locos 20 y más serios 30, a medida que las faldas se fueron acortando, los pantalones fueron sustituidos por medias antes de desaparecer por completo. Había nacido el bañador de 1 pieza, que cubría solo el tronco. Y así fue como muchas mujeres volvieron a ir a la playa no para entrenarse para supuestos campeonatos de natación sino simplemente para entretenerse, tomar el sol y pasar el rato entre amigas. 


   Entre los años 40 y los 50, gracias al látex, que comenzó a extenderse como material para la fabricación de ropa de baño, nuevos diseños florecieron al mismo tiempo que la superficie de tela utilizada fuera menguando. Y en 1946 nació el bikini, que fue tan atrevido para la época que su creador, Louis Réard, no encontró modelo que aceptara lucirlo y tuvo que contratar a una stripper, Micheline Bernardini, para su desfile. En cuanto al nombre del nuevo modelo, lo eligió el sastre francés a conciencia, con algo de caradura y mucha provocación.


   Como tenía clarísimo que la llegada del “dos piezas” iba a ser un escándalo de dimensiones “explosivas”, decidió bautizar su obra maestra como el atolón de Bikini, en las islas Marshall del Pacífico, donde los EE.UU. estaban realizando pruebas nucleares. Lo que nadie sabía es que en realidad Réard no había inventado nada nuevo sino que se había inspirado en unos mosaicos del año 1600 a.C., recién descubiertos en una antigua villa de Sicilia y en los que varias mujeres estaban ataviadas con dos piezas.


   Sin embargo y pese a la herencia histórica, en los puritanos años 40, el bikini que solo cubría las partes pudendas generó una reacción en cadena en su contra. Entonces, cuando la nadadora Esther Williams, protagonista de películas como la conocida “Escuela de Sirenas”, apareció en bikini, las inmediatas acusaciones de inmoralidad desde Europa a EE.UU. hicieron que fuera censurada. Y en 1951, después de los desfiles de Miss Mundo, la prenda fue simplemente prohibida. 


   Pero era sin contar con el poder del cine y, más concretamente, las curvas de Brigitte Bardot. A finales de los 50, la actriz gala no solo lucía palmito en la costa azul francesa sino que en 1957 se quitó el bikini en la mítica película de Vadim, “Y Dios creó a la mujer”. De repente, las mujeres americanas y europeas también quisieron lucir cuerpo y emular a divas como Úrsula Andress o Marilyn Monroe, excepto en España, Grecia y Portugal, donde por sus regímenes políticos, menos aperturistas (por decirlo de alguna manera), que hacían del recato su bandera, los bañadores de 1 sola pieza seguirían siendo la prenda de baño más demandada.


   Entre el nacimiento de la lycra en los 60 y el culto al cuerpo,en los 70, las dimensiones de las dos piezas comenzaron a menguar más y más, hasta llegar al topless (nacido en California) y al tanga, inventado en 1974 por el genovés Carlo Ficcardi. Y los grandes nombres de la moda, como Yves Saint Laurent o Lacroix, que hasta ahora se habían quedado de brazos cruzados, otorgaron a la ropa de baño la importancia que se merecía trasladando sus estampados y diseño a la ropa de baño e incluyéndola en sus colecciones.


   Mientras, en los 80 o la década de excesos, los bañadores eran todo menos discretos, muy escotados, de pierna alta y con prints muy llamativos; en los 90, al igual que en las pasarelas, triunfó el minimalismo con líneas rectas y sencillas, braguitas de una pieza pero altas hasta casi el ombligo y sin lazadas. Y con el cambio de milenio, el trikini dio sus primeros pasos en las revistas de moda pero nunca consiguió imponerse en las playas.


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