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CARLOS PÉREZ,
LA MEMORiA DEL MERCADO DE BARCELÓ

CARLOS PÉREZ,
LA MEMORiA DEL MERCADO DE BARCELÓ

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   Carlos es de los pocos comerciantes del antiguo Mercado de Barceló que estuvieron presentes en su inauguración. Fue su madre, Doña Fuencisla, quien acudió a la subasta de un total de 320 puestos incluidas las bancas (pequeños recovecos para la venta de fruta y la verdura), realizada un día de invierno a principios de 1956, en las antiguas instalaciones del mercado municipal, en la calle Mejía Lequerica de Madrid. Entonces, la familia Pérez González tenía una tienda de salazones en la Calle de la Ruda, comercio que había abierto el padre del tendero más veterano del Mercado de Barceló en la postguerra. Doña Fuencisla ofreció un sobre cerrado con 100.000 pesetas en su interior, rezó todo lo que sabía y, en julio de 1956 consiguió abrir su puesto de salazones en el recién estrenado Mercado de Barceló.


   El actual propietario, el que sigue detrás del mostrador, es su hijo Carlos. A punto de cumplir los 72, recuerda que cuando su madre empezó a trabajar en el mercado, él iba al colegio y, de vez en cuando, se pasaba después de clase para echar una mano a su progenitora: “Entonces se vendían sardinas en aceite a granel. Quienes acudían al puesto eran sobretodo amas de casa, que hacían la compra a diario porque entonces no había tanto refrigerador. Nosotros teníamos un arcón de hielo para conservar la mercancía en buen estado”, explica Carlos, sin dejar de ordenar las lentejas y los espárragos que acaban de llegar “producto nacional, son los mejores y los únicos que vendemos”, apuntilla.


   Nuestro protagonista terminó el bachiller superior. “Después, debido a una enfermedad que tuvo mi madre, no me quedó otro remedio que tomar el relevo en el puesto del mercado”, explica quien hubiera preferido trabajar en una biblioteca o en una librería vendiendo libros. A Carlos le apasionan los libros de historia, ha leído y releído Teoría y práctica del anarquismo, de Rudolf Rocker, y al contármelo se pone muy serio, saca pecho y confiesa: “Es que yo soy de la CNT”. Y continúa: “Hay que manifestarse, apoyar las causas y ser solidario. Vivimos en una sociedad egoísta, se lleva mucho el ande yo caliente… ríase la gente y deberíamos ayudarnos más entre nosotros, yo soy el primero en todas las manifestaciones, ya sean contra la ley del aborto, la marea blanca o para apoyar a los agricultores”, asegura, mientras despacha a unos franceses 100 gramos de aceitunas de Camporeal y otros tantos de Gordal, aceitunas que él mismo aliña en la trastienda.


   Se enorgullece de proveer de aceitunas y otros encurtidos a Javier Reverte, al fallecido Antonio Mingote, a Forges -que ya le ha firmado dos libros-, a Joaquín Leguina, o a los componentes del grupo Amaral. “Este barrio ha cambiado mucho, antes vivían muchas familias -aún siguen viniendo los hijos y los nietos de los primeros compradores-, pero ahora viven sobretodo extranjeros y muchos artistas”, comenta Carlos con aires de soñador…


   Ha sustituido los recipientes de porcelana por otros de acero inoxidable y, en su puesto, pueden encontrar trufas de España a 4 euros, aceitunas, ventresca, legumbres, conservas, mostaza de Dijón, a la miel, al vino blanco o a la pimienta o sal marina, ahumada o líquida, a gusto del consumidor. Carlos asegura que vende más o menos lo mismo que hace 60 años, tampoco se ha perdido el trato con el público. “La gente viene al mercado porque les gusta que les hablen de tú, que les conozcan, que su tendero de toda la vida les recomiende qué comprar. Charlamos, mis clientas se preocupan por mí como yo me preocupo por ellas. Antes, eso sí, se fiaba la compra y se apuntaba todo en una libreta. Ahora, con el uso de la tarjeta de crédito, ya no hace falta”, sonríe.


   Hace cuatro años, Urbanismo trasladó a los comerciantes a un mercado provisional compuesto por seis hexágonos instalados en los Jardines del Arquitecto Ribera, a la espera de que abriese el nuevo mercado y pudieran trasladarse a sus instalaciones. “Al principio íbamos a estar dos años, que pronto se convirtieron en cuatro y parece que vamos para cuatro y medio -se queja Carlos-. Por desgracia, hemos perdido mucha clientela. Antes, la gente lo tenía todo al ladito y tardaba 10 minutos en hacer la compra, ahora si quiere ir a la carnicería, tiene que ir a un hexágono, si quiere ir a la pescadería, tiene que ir a otro y tarda mucho más. Muchos se apañan con las tienditas del barrio y ya no vienen al mercado”.


   Pero Carlos no pierde nunca la esperanza y cruza los dedos para que el próximo verano pueda ir al nuevo mercado, pero sólo de visita, a ver a los compañeros. “Ya tenía que haberme jubilado hace unos años, voy con retraso y creo que ha llegado la hora de decir adiós. Traspasaré mi puesto y me dedicaré a mi familia y a leer”, explica el tendero más veterano del Mercado de Barceló.


   El echará de menos a sus clientes, pero algo me dice que sus clientes van a echarle mucho más de menos a él.


             (Entrevista a Carlos de Carla Pulín, publicada el 13 de noviembre de 2014)


PD nº1: Aún estás a tiempo para conocer a Carlos Pérez. De momento, sigue al pie del cañón en su puesto en el nuevo Mercado de Barceló (calle de Barceló, 6; M Tribunal), pero no tardará en jubilarse de verdad muy pronto.


PD nº2: Si quieres leer más historias sobre los tenderos del Mercado de Barceló, descubre Mi Petit Fanzine: “El Mercado Barceló: entre Memoria y Mudanza (1956-2014)”. Para más info, manda un mail a Mi Petit Madrid.


[Volver a Mi Petit MercadoGourmet, Callejero o Blogosfera]

   Carlos es de los pocos comerciantes del antiguo Mercado de Barceló que estuvieron presentes en su inauguración. Fue su madre, Doña Fuencisla, quien acudió a la subasta de un total de 320 puestos incluidas las bancas (pequeños recovecos para la venta de fruta y la verdura), realizada un día de invierno a principios de 1956, en las antiguas instalaciones del mercado municipal, en la calle Mejía Lequerica de Madrid. Entonces, la familia Pérez González tenía una tienda de salazones en la Calle de la Ruda, comercio que había abierto el padre del tendero más veterano del Mercado de Barceló en la postguerra. Doña Fuencisla ofreció un sobre cerrado con 100.000 pesetas en su interior, rezó todo lo que sabía y, en julio de 1956 consiguió abrir su puesto de salazones en el recién estrenado Mercado de Barceló.


   El actual propietario, el que sigue detrás del mostrador, es su hijo Carlos. A punto de cumplir los 72, recuerda que cuando su madre empezó a trabajar en el mercado, él iba al colegio y, de vez en cuando, se pasaba después de clase para echar una mano a su progenitora: “Entonces se vendían sardinas en aceite a granel. Quienes acudían al puesto eran sobretodo amas de casa, que hacían la compra a diario porque entonces no había tanto refrigerador. Nosotros teníamos un arcón de hielo para conservar la mercancía en buen estado”, explica Carlos, sin dejar de ordenar las lentejas y los espárragos que acaban de llegar “producto nacional, son los mejores y los únicos que vendemos”, apuntilla.


   Nuestro protagonista terminó el bachiller superior. “Después, debido a una enfermedad que tuvo mi madre, no me quedó otro remedio que tomar el relevo en el puesto del mercado”, explica quien hubiera preferido trabajar en una biblioteca o en una librería vendiendo libros. A Carlos le apasionan los libros de historia, ha leído y releído Teoría y práctica del anarquismo, de Rudolf Rocker, y al contármelo se pone muy serio, saca pecho y confiesa: “Es que yo soy de la CNT”. Y continúa: “Hay que manifestarse, apoyar las causas y ser solidario. Vivimos en una sociedad egoísta, se lleva mucho el ande yo caliente… ríase la gente y deberíamos ayudarnos más entre nosotros, yo soy el primero en todas las manifestaciones, ya sean contra la ley del aborto, la marea blanca o para apoyar a los agricultores”, asegura, mientras despacha a unos franceses 100 gramos de aceitunas de Camporeal y otros tantos de Gordal, aceitunas que él mismo aliña en la trastienda.


   Se enorgullece de proveer de aceitunas y otros encurtidos a Javier Reverte, al fallecido Antonio Mingote, a Forges -que ya le ha firmado dos libros-, a Joaquín Leguina, o a los componentes del grupo Amaral. “Este barrio ha cambiado mucho, antes vivían muchas familias -aún siguen viniendo los hijos y los nietos de los primeros compradores-, pero ahora viven sobretodo extranjeros y muchos artistas”, comenta Carlos con aires de soñador…


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   Hace cuatro años, Urbanismo trasladó a los comerciantes a un mercado provisional compuesto por seis hexágonos instalados en los Jardines del Arquitecto Ribera, a la espera de que abriese el nuevo mercado y pudieran trasladarse a sus instalaciones. “Al principio íbamos a estar dos años, que pronto se convirtieron en cuatro y parece que vamos para cuatro y medio -se queja Carlos-. Por desgracia, hemos perdido mucha clientela. Antes, la gente lo tenía todo al ladito y tardaba 10 minutos en hacer la compra, ahora si quiere ir a la carnicería, tiene que ir a un hexágono, si quiere ir a la pescadería, tiene que ir a otro y tarda mucho más. Muchos se apañan con las tienditas del barrio y ya no vienen al mercado”.


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