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LOLA LO BORDA
COSER Y CONTAR

LOLA LO BORDA
COSER Y CONTAR

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   En plena corriente de bordado reivindicativo en Estados Unidos, este acto, por contradictorio que pueda parecer, ha pasado de femenino a feminista en manos de creadores que buscan nuevas formas de expresión. Así lo siente Lola Beneyto, de 42 años, luchadora, polifacética, madre y sobre todo mujer, que -confiesa- nació ya feminista de una progenitora que le demostró que podía ser lo que quisiera y le tatuó a besos como única libertad, la de no depender de nadie. Con estos mensajes bien claros y una cuidada educación hacia lo estético, era solo cuestión de tiempo que Beneyto encontrara en el bordado un lenguaje íntimo que, en su caso, se aleja de lo puramente estético para gritar con hilo rojo lo que le remueve desde su querido barrio de Conde Duque, pero sobre todo, para hacer hogar, el leitmotiv de su existencia.


   Porque Lola (retratada aquí) es feliz haciendo más amable la vida a la gente y desde que empezó a bordar lo hizo para sacar sonrisas. Fue al irse de casa, con apenas 20 años y tras un pasado plagado de anuncios o presentaciones estrella en televisión en programas como “Ponte las pilas” (1991) junto a Dani Martín o Arancha de Benito, o “Los primeros de la primera” (1992). Recién independizada, Lola decidió usar aguja e hilo para tunear ropa que aún conserva, como una falda en la que se podía leer por detrás: “Anda, vente” o un bolso que rezaba “Si quieres, me voy contigo”. Buscaba así darle un poco de humor a un estilo ya entonces bastante sobrio, pero con toques que aún la distinguen como sus inseparables gafas de sol o sus eternos labios, ambos rojos a morir, como el hilo de sus bordados. Un color que para ella no es tanto pasión como vida, y con el que hace palpitar a sus protagonistas sobre un lino sin teñir hecho en España, como una Penélope confesa en espera de su Ulises, bordando de día y deshaciendo de noche. 


   Si el ajetreo de la juventud le llevó a abandonar su afición, decidió volver a usar sus manos cuando se estrenó como madre veinteañera y separada, y aprovechó las horas de sueño y tranquilidad que le regalaba su pequeño Nicolás (hoy de 14 años). Telas, fundas, almohadones o ropa, todo lo que se le pasaba por la cabeza acababa irremediablemente con la aguja clavada mientras se empapaba de libros de bordados antiguos y de la historia de un oficio perdido que le conectaba aún más con el mundo que a ella le interesaba: el hogar y la gente de la calle.


   A Lola siempre le ha interesado la artesanía como expresión artística, unas “artes menores” como la madera o la cerámica, que como oficios del pueblo expresaban para ella lo que las altas esferas lograban a través de la pintura, la arquitectura o la escultura. Fue esta atracción uno de los motivos por los que estudió Historia del Arte, aunque nunca completó el vació artístico existente sobre las formas de expresión del ciudadano real, del vecino de a pie o el transeúnte anónimo. Y así, por pura necesidad, regresó al bordado como salvación, envuelta ya en el halo estético de una familia dedicada al textil, inyectada de recuerdos entre libros y algodones, junto a una madre que fundó la tienda de decoración MCH de la calle Velázquez y le inculcó el gusto por las cosas bien hechas y por un concepto auténtico de hogar que metió hasta en la cocina, pues en aquellas horas muertas en las que Lola bordaba, también decidió probar a asar, freír y escalfar.


   Fueron sus mejores opciones para sacar rentabilidad a un tiempo casero impagable para una mujer separada y con un único sueldo para mantener a su hijo. Después de trabajar en varias cocinas profesionales, Beneyto decidió ofrecer su propio servicio de catering del que han comido poetas, escritores, artistas y amigos en eventos, bodas y encuentros de lo más variopintos. También se lanzó a crear unas especiales clases de cocina de postguerra, que bajo el título “Muslamen”, enseñaban a hacer la compra y a cocinar con lógica, con productos de temporada y aprovechando todo hasta el último suspiro. Otro pequeño placer en la querencia de Lola por cuidar, esta vez con mandil, a los demás.


   Y así pasó el tiempo, y Lola encontró una estabilidad con la que pudo por fin permitirse, no solo retomar los bordados, sino además tomárselos tan en serio como para recibir clases. Acabó en manos de Yolanda Andrés como profesora y confidente, un enganche que continúa activo y con el que esta reina del dedal quiere controlar la técnica para ser libre a la hora de contar. Y así, segura de sus puntadas, empezó por pura estética bordando a Muhammad Ali en pleno bombardeo mediático de imágenes de pateras, y Beneyto preocupada ante nuestra pasividad ante estas desgracias pasadas por agua, decidió seguir cosiendo pero ahora sí, para reivindicar.


   Así nació su bordado descontextualizado, una obra en la que al más puro estilo Toulouse-Lautrec (que encumbraba a prostitutas y al lumpen cuando todos retrataban reyes) plantea qué sería de estos inmigrantes de haber nacido en otro lugar o circunstancias. Solo entonces la belleza de la imagen de Muhammad Ali pudo contar con sus puntadas cómo se negó tres veces a alistarse en el ejército de Estados Unidos, o como Rosa Parks se negó a levantarse de su asiento de autobús, o como en 1966 se formaron los Black Panthers y tres años después su versión femenina, que además de luchar como ellos repartía desayunos y cumplía con todas las funciones asociadas, aún ahora y por desgracia, a la mujer.


   Hoy, en sus bordados además de esta vertiente Black Power cargada de imágenes icónicas y fáciles de reconocer para lograr receptividad, hay otras dos familias más: los “Caprichos” o bordados de cabecero, que en un desliz dadaísta y surrealista juegan con la belleza y el sentido del humor para adornar nuestras camas con mensajes como “Cuenca, Animal o Escitalopram”; y por supuesto, “Poemas”, ilustrando con hilo las palabras de sus grandes amigos, la micropoetisa Ajo y el poeta más desconocido del mundo, Peru Saizprez.


   Todas las piezas de Lola son únicas, pues cada bordado le lleva meses. Desde que decide que quiere bordar algo hasta bordarlo, hay un largo proceso cargado de investigación que exprime para aprender, recordar y en especial, transmitir cierto legado a su hijo. El objetivo es entender bien el hecho y su contexto, empaparse de su esencia para sintetizar un mensaje sangrante de una Lola que lo borda y, claro está, no da puntada sin hilo...


                                              (De Lidia Martín, el 15 de noviembre de 2017)


Referencias útiles:
LOLA LO BORDA


¿CUÁNDO? El Jueves 16 de noviembre de 2017, a las 20h.


¿QUÉ? (1) Inauguración de la (2) exposiciónLola lo borda”, de Lola Beneyto.


¿DÓNDE? En Rughara (en la ilustración)
Calle Corredera Alta de San Pablo, 1
28004 Madrid
910 703 797
M Tribunal
Horario:
- De Lunes a Sábado: de 11h a 20h30;
- Los Domingos: de 11h a 15h y de 16h a 19h.


¿CUÁNTO?
(1)
Entrada libre;
(2)
Bordados a partir de 50 euros.


Para seguir los pasos (re)creativos de LOLA LO BORDA, conéctate a su Instagram.


[Volver a Mi Petit Pinacoteca, Callejero o Blogosfera]

   En plena corriente de bordado reivindicativo en Estados Unidos, este acto, por contradictorio que pueda parecer, ha pasado de femenino a feminista en manos de creadores que buscan nuevas formas de expresión. Así lo siente Lola Beneyto, de 42 años, luchadora, polifacética, madre y sobre todo mujer, que -confiesa- nació ya feminista de una progenitora que le demostró que podía ser lo que quisiera y le tatuó a besos como única libertad, la de no depender de nadie. Con estos mensajes bien claros y una cuidada educación hacia lo estético, era solo cuestión de tiempo que Beneyto encontrara en el bordado un lenguaje íntimo que, en su caso, se aleja de lo puramente estético para gritar con hilo rojo lo que le remueve desde su querido barrio de Conde Duque, pero sobre todo, para hacer hogar, el leitmotiv de su existencia.


   Porque Lola (retratada aquí) es feliz haciendo más amable la vida a la gente y desde que empezó a bordar lo hizo para sacar sonrisas. Fue al irse de casa, con apenas 20 años y tras un pasado plagado de anuncios o presentaciones estrella en televisión en programas como “Ponte las pilas” (1991) junto a Dani Martín o Arancha de Benito, o “Los primeros de la primera” (1992). Recién independizada, Lola decidió usar aguja e hilo para tunear ropa que aún conserva, como una falda en la que se podía leer por detrás: “Anda, vente” o un bolso que rezaba “Si quieres, me voy contigo”. Buscaba así darle un poco de humor a un estilo ya entonces bastante sobrio, pero con toques que aún la distinguen como sus inseparables gafas de sol o sus eternos labios, ambos rojos a morir, como el hilo de sus bordados. Un color que para ella no es tanto pasión como vida, y con el que hace palpitar a sus protagonistas sobre un lino sin teñir hecho en España, como una Penélope confesa en espera de su Ulises, bordando de día y deshaciendo de noche. 


   Si el ajetreo de la juventud le llevó a abandonar su afición, decidió volver a usar sus manos cuando se estrenó como madre veinteañera y separada, y aprovechó las horas de sueño y tranquilidad que le regalaba su pequeño Nicolás (hoy de 14 años). Telas, fundas, almohadones o ropa, todo lo que se le pasaba por la cabeza acababa irremediablemente con la aguja clavada mientras se empapaba de libros de bordados antiguos y de la historia de un oficio perdido que le conectaba aún más con el mundo que a ella le interesaba: el hogar y la gente de la calle.


   A Lola siempre le ha interesado la artesanía como expresión artística, unas “artes menores” como la madera o la cerámica, que como oficios del pueblo expresaban para ella lo que las altas esferas lograban a través de la pintura, la arquitectura o la escultura. Fue esta atracción uno de los motivos por los que estudió Historia del Arte, aunque nunca completó el vació artístico existente sobre las formas de expresión del ciudadano real, del vecino de a pie o el transeúnte anónimo. Y así, por pura necesidad, regresó al bordado como salvación, envuelta ya en el halo estético de una familia dedicada al textil, inyectada de recuerdos entre libros y algodones, junto a una madre que fundó la tienda de decoración MCH de la calle Velázquez y le inculcó el gusto por las cosas bien hechas y por un concepto auténtico de hogar que metió hasta en la cocina, pues en aquellas horas muertas en las que Lola bordaba, también decidió probar a asar, freír y escalfar.


   Fueron sus mejores opciones para sacar rentabilidad a un tiempo casero impagable para una mujer separada y con un único sueldo para mantener a su hijo. Después de trabajar en varias cocinas profesionales, Beneyto decidió ofrecer su propio servicio de catering del que han comido poetas, escritores, artistas y amigos en eventos, bodas y encuentros de lo más variopintos. También se lanzó a crear unas especiales clases de cocina de postguerra, que bajo el título “Muslamen”, enseñaban a hacer la compra y a cocinar con lógica, con productos de temporada y aprovechando todo hasta el último suspiro. Otro pequeño placer en la querencia de Lola por cuidar, esta vez con mandil, a los demás.


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   Así nació su bordado descontextualizado, una obra en la que al más puro estilo Toulouse-Lautrec (que encumbraba a prostitutas y al lumpen cuando todos retrataban reyes) plantea qué sería de estos inmigrantes de haber nacido en otro lugar o circunstancias. Solo entonces la belleza de la imagen de Muhammad Ali pudo contar con sus puntadas cómo se negó tres veces a alistarse en el ejército de Estados Unidos, o como Rosa Parks se negó a levantarse de su asiento de autobús, o como en 1966 se formaron los Black Panthers y tres años después su versión femenina, que además de luchar como ellos repartía desayunos y cumplía con todas las funciones asociadas, aún ahora y por desgracia, a la mujer.


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                                              (De Lidia Martín, el 15 de noviembre de 2017)


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